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domingo, 21 de agosto de 2022

Personalia (Mary Ruefle)


 







Cuando era joven, una adivina me dijo que una vieja que se quería morir había quedado atrapada por accidente en mi cuerpo. Con el tiempo, poquito a poco, y siguiendo con mucho cuidado instrucciones esotéricas, como baños de lavanda y enterrar ritualmente llaves en el patio, me libré de su presencia. Ahora soy una vieja que se quiere morir y que tiene atrapada dentro de ella una jovencita que se muere por vivir; me ocupo de ella.


Traducción de Ezequiel Zaidenwerg.



When I was young, a fortune-teller told me that an old woman who wanted to die had accidentally become lodged in my body. Slowly, over time, and taking great care in following esoteric instructions, including lavender baths and the ritual burial of keys in the backyard, I rid myself of her presence. Now I am an old woman who wants to die and lodged inside me is a young woman dying to live; I work on her.

miércoles, 8 de diciembre de 2021

Los que comimos a Solís (María Esther de Miguel)


 








         "Ioan Diaz de Solis, dio vela al viento,
               "Al Paranna aportó, do los engaños,
                     "del timbú le causaron finamiento,
                     "En un pequeño río de gran fama
                 "Que a causa suya de Traición se llama"

                         MARTÍN DEL BARCO CENTENERA, LA ARGENTINA
 
   

                                "...y entonces los indios, según la historia, 
                desde la orilla hicieron señas amistosas a Solís 
          y sus compañeros; pero cuando estuvieron cerca 
        los mataron con sus flechas y después lo comieron..."

                            GANDÍA, HISTORIA DEL RÍO DE LA PLATA
 

       
        I

 
       —Pero ¿de dónde saliste vos, indio de mierda, hijo de puta...?
        Las palabras del comisario Cáceres parecieron golpear las paredes blanqueadas de cal, rebotar sobre los duros bancos de madera, azotar, como una inesperada bofetada, las caras de los hombres que estaban allí, en la sala grande de la pequeña comisaría del pueblo; y después fue como si se prendieran y quedaran colgadas de ese hueco de silencio que se hizo, ellas mismas asombradas de que las hubiera dicho él, el comisario Cáceres, don Rufino Cáceres; porque todos sabían que desde que era comisario no las decía ya, aunque las había usado antes, cuando era solo sargento en Tres Bocas, o primero aún, mientras hacía contrabando en Puerto Yeruá; o antes todavía, siendo un muchachito que lustraba los zapatos de quienes iban a misa los domingos, o al café los sábados por la tarde, o esperaban, en cualquier día de la semana, el turno en la peluquería del turco Tufic, allá en Concepción, y entonces, por eso mismo, le decían –aunque esto no lo sabía- “mocoso boca e’letrina”. Claro que las había dicho antes, y bien dichas; pero desde que era comisario, junto con los anteojos que había comenzado a usar y que solo Dios sabe hasta qué punto necesitaba, o si simplemente eran llevados “para hacer pinta y nada más”, como sospechaba alguno en el pueblo; y junto con la lapicera fuente por la que canjeara la vieja birome de material plástico, había como limpiado su lenguaje, y en la voz que seguía siendo recia, mandona y viril, solo algún “jodido”, “gran siete” o “carajo” suplía precariamente la retahíla de palabrotas con que antes matizaba sus conversaciones. Por eso se asombró, sí, el Sosa López, cuando oyó los insultos del comisario; y se asombró también el tuerto Vázquez, que por allí pasaba en ese momento y se detuvo a espiar, por la puerta entreabierta que daba a la calle, para ver que era ese batifondo que venía de adentro; y se asombraron también los otros, los agentes. El Martínez, que acarreaba agua del aljibe para la patrona, la mujer de don Cáceres, con quien cumplía las horas de servicio que debía oficiar, según el reglamento, custodiando la paz en los boliches y las calles del pueblo; y el rengo Farías, quien aunque preso, se la pasaba, por orden de arriba, es claro, carpiendo los yuyos que con tanta lluvia habían invadido el patio y la vereda de la comisaría. Se asombraron de que las dijera, pero no de las palabras en sí, porque otras no cuadraban para ese gaucho, o mejor, indio desalmado, que había hecho lo que había hecho, lo que ningún cristiano podía ni siquiera pensar sin estremecerse, y que sin embargo era capaz de permanecer así, como ajeno y extraño, con el rostro aindiado, más de animal o de bicho que de hombre, escondida a medias bajo sus ropas raídas y las manos apretadas una con otra más abajo del fierro que ya las tenía bien acollaradas.
          Pero todos –el Sosa López y el ladrón que carpía, y el tuerto Vázquez-, aunque se sorprendieron, no de las palabras, sino de que las dijera, entendieron por que las decía; en cambio no alcanzaron lo que murmuró el coso ese, gaucho desalmado, indio o alimaña, que por primera vez levantó sus ojos chicos, brillantes como dos bolitas de acero detrás de las cejas apretadas y renegridas; y junto con ellos alzó también su cabeza, pequeña, hirsuta y afelpada, y los paseo –a ambos- por todos, como inventariándolos, hasta detenerlos en el comisario, para entonces decir, con palabras que parecieron más un gruñido que una voz, o la voz de un hombre no acostumbrado a proferir palabras, sino a arreglarse con gestos y gritos; dijo algo que, esto sí, no lo entendió nadie: ni el comisario, ni el Sosa López, ni el tuerto Vázquez que seguía expiando desde la puerta lo que un segundo después sabría ya todo el pueblo, aunque tampoco ellos –los del pueblo- lo entenderían.
          Porque lo que dijo fue:
         -Yo soy de los que comimos a Solís.
          Lo dijo y se quedó callado y ya no volvió a hablar, ni siquiera cuando el comisario le insistió, siempre con voz de trueno, pero ya sin palabrotas, como si con aquel desahogo primero hubiera pagado su cuota de indignación, esa que todo hombre de bien se debe a si mismo por macho, y entonces, ya cancelada, pudiera volver a ser la autoridad, el juez, la fuerza legalizada de ese pueblo de Tres Esquinas; no habló tampoco cuando el López y el Martínez lo empujaron hacia el calabozo, y después de abrir la puerta lo mandaron de un empujón contra el camastro en que golpeó, pero después no se quedó porque fue trastabillando, por fuerza del envión o por ser hombre acostumbrado a prescindir de la cama, así fuera un camastro infame como ese, y a guarecerse en un rincón cualquiera, que podía ser del monte o del recodo de un río, o esa esquina del calabozo maloliente en que se quedó, insignificante y callado, cuando cerraron la puerta con doble vuelta de llave y se fueron —toc-toc-toc— por los pasillos de baldosas que él había visto de refilón, coloradas y sucias, sin imaginarse –ellos, los que se iban- que entonces sí, cuando sintió que los pasos se apagaban, habló, pero solo para repetir las mismas palabras otra vez, con voz baja y sorda, como diciéndoselas a sí mismo, como reafirmando su genealogía, su raza, su ascendencia: “soy de los que comimos a Solís, carajo”. Las dijo como para él, como sabiendo de antemano que ellos, los otros, aunque las oyeran no podrían entenderlas. Porque los otros no sabían quien había sido Solís hacía más de cuatro siglos, ni tampoco quien era el, el Ñuto Asencio, desde hacía casi treinta años.
 
 
        II

 
          Su patria había sido la franja del monte que se extendía y apretaba en la orilla oriental del río. Durante mucho tiempo, el había creído que ese río era el único que existía en el mundo; mejor dicho, hasta esa consideración se la hizo después, cuando supo que detrás de las talas y las espadañas y las pajas bravas que rodean el circuito de agua, había otras cosas –pueblos, ciudades y hombres que configuraban eso que se llamaba mundo-; pero por aquel tiempo, cuando apenas “gurí” aprendía a pescar mojarritas y surubíes, a preparar las trampas para cazar nutrias y a esmerar su puntería en los pájaros salvajes y en los gatos monteses, el no sabía comparar, porque solo conocía ese rincón agreste, clausurado en la bárbara soledad del río siempre turbio y el cielo constantemente alto.
          Después supo que ese río –el Uruguay-, era uno de tantos, y que venía del Brasil y marchaba hacía el Plata; pero siempre quedó como una incógnita comprender desde que punto arrancaba y como esa masa enorme, a ratos silenciosa, a ratos rugiente, que en otoño comenzaba a crecer, como en primavera se hinchaba el vientre de las bestias preñadas, amontonando –el, el río-, un caudal de agua que parecía de cuento y subía, y subía, hasta que de pronto reventaba el cauce, llenaba los zanjones vecinos, trepaba por las altas barrancas para desparramarse, primero culebreando entre los árboles, y después, casi sepultándolos bajo el golpe de su fuerza, extenderse por cuadras y cuadras hasta concluir en una retirada majestuosa, indómita, mientras dejaba sobre los campos muertos el trofeo de su poderío, las cosas que había traído de arriba: osamenta de animales navegando como oscuros y deformes barcos, víbora de piel lustrosa y cuerpo escurridizo, resaca de los lugares por los que había pasado con su poder arrollador; y que un año trajo también, entre todo eso, el cuerpo de su padre, hinchado, verde y casi comido por las sabandijas.
        Mejor dicho, el río no lo trajo. Lo dejó allá, cerca de Fray Bentos, atrapado en los yuyales de la costa donde lo vieron los ojos desorbitados de un marinero. Entonces la Subprefectura se movilizó. Lo sacaron de ese rincón en que había quedado varado, lo tuvieron en exposición, cubierto de sal –aunque el pobre ya  está podrido a más no poder-, en un galpón oscuro, para que las moscas y los tábanos no acabaran con él, esperando que apareciera alguien capaz de reconocer eso que se sabía era un hombre, aunque más se parecía a una carroña cualquiera, con el cuerpo agujereado de mordiscos, lustrado por las aguas, deshecho por el sol.
          Fue un pescador el que se acercó y lo vio:
          -Pero si este se me hace que es el Asencio, el del recodo de las Cruces…
          Les dijo así a los marineros y después se fue con su canoa por el río arriba, hasta el recodo mismo de las Cruces en cuyo remolino traicionero, hacía añares, se habían ahogado varios pescadores, y donde el hombre tenía su ranchada; y se lo repitió allí a la mujer que desde hacía días, con los gurises –que ya eran guachos, aunque todavía no lo sabían- prendidos a la falda y los ojos resecos de tanto recibir el tintinear del agua, miraba y miraba río arriba, esperando la canoa del hombre que no llegó, para escuchar las palabras que no esperaba y que le trajo otro hombre, que venía por el río abajo.
        -Güenas, doña.
        -Güenas.
        -Como esta, pues…
        -Bieniusté.
        -Esperando ¿no?
        -Ajá… L’Asencio que no llega. Van pa’seis días ya.
        -Mire, doña… se me hace que el Asencio si’a desgraciao…
        -Tal vez, nomás… Si está anoticiao, diga, don…
        -Ta´en Fray Bentos, en la Subprefectura.
        -El río ¿no?
        -Ajá… Estuvo bravo, mismo que tigre encelao.
        -Y si… Habrá estao jodido pa´que me lo pudiera al Asencio…
        Entonces marcharon todos, con el perro, y las gallinas y algunas cobijas, y las pocas pilchas que entraron y que tenían, en la canoa del hombre que por profesión o destino o vaya a saber que, era lo mismo que había sido el padre hasta seis días antes –pescador en ese río turbio, nutriero en esas costas ariscas-, en aquel momento convertido en una cosa informe y maloliente que esperaba la mirada de alguien que dijera “Si, este es Zenobio Asencio”, entonces, cuando ya no era Zenobio Asencio sino una piltrafa aguardando el veredicto para ir a descansar al camposanto.
          Y allí, en la Subprefectura, lo vieron al padre. La mujer junto al pescador que de puro comedido no le ahorró esa pena, y los muchachos en un descuido de los marineros que, también de comedidos, se la habían querido ahorrar a ellos, “pobres inocentes, demasiado chicos pa´ver ese espectáculo”; pero fue como si no lo hubiesen visto: no lo reconocieron en esa cosa que era cualquier cosa, “hinchada y jedionda”, que daba asco y no pena; nadie pudo llorar: los chicos porque eran chicos, y la madre porque no tenía tiempo, y además nunca lo había hecho: solo supo repetir, como siempre que alguna calamidad la golpeaba –como cuando a su padre lo partió un rayo, allá, en el Rincón de las Gallinas, o en Concordia la creciente le llevó un día, hace ya añares, el rancho con todas las cosas: las ollas y las gallinas y las cobijas que la patrona le había dado cuando se aquerenció con el Asencio, y entre todo eso, hasta la cuna con el gurí que esos días había nacido-, solo supo repetir, entonces, como aquella vez, en una suerte de letanía o rezo:
          Y güeno, pacencia, pacencia…
          Esa tarde marcharon detrás del carro destartalado que en la Subprefectura le habían dado, hasta el cementerio; y vieron como el cajón, casi desvencijado ya antes de comenzar a podrirse en tierra, caía en el hueco abierto sobre el pedazo de campo llenito de yuyos y flores silvestres. Y después, con la última palada y las voces finales de los hombres, se quedaron allí, solos, la madre apretando entre las manos un trapo mugriento que malamente hacia de pañuelo, y los muchachos, los cinco, prendidos a su pollera, mirándola a ella y mirando el lugar, tan nuevo –sin río, sin árboles, sin gritos de pájaros salvajes, ni olor a vegetación fermentada-, bajo los últimos rayos de ese sol que por primera vez veían irse detrás de un horizonte libre de obstáculos.
         Después apareció el, el hombre que sería durante muchos años padres y patrón y amigo del Ñuto Asencio. Era un preso que justito esa tarde, había concluido su condena en la cárcel que estaba junto a la Subprefectura donde iban a parar los pescadores que se desgraciaban en una noche de farra, cuando bajaban el río, o los marineros que subían de Montevideo y gastaban su paga en los boliches del pueblo.
        Precisamente había quedado libre, y como no tenía donde ir, y como la curiosidad había podido más que era precaria libertad devuelta, se quedó allí, mirando primero al muerto, y después el carro que lo llevaba al cementerio y después a la mujer y a sus críos. Y entonces, cuando la vio sola –a ella, a la madre- porque todo ya había acabado, se acercó y le dijo algo, y después, haciendo de su insinuación una orden, marcharon hacia el pueblo, mejor dicho, lo cruzaron de largo, despacio, sin apuro –como hacen los que no tienen meta, ocupación o destino-, atravesando sus senderos de tierra, eludiendo las calles empedradas, hasta dar con el rancho de la comadre que estaba al otro lado, más allá de las casas y del asfalto y de las luces, en el ámbito estrecho e inevitable donde se amontonan las casas de los pobres.
          Esa noche, el Ñuto, antes de dormirse, desde el rincón en que se encontraban amontonados, tendidos en el piso de la cocina, alcanzó a escuchar algo de lo que se dijeron ellos, la madre y el forastero, primero sentados junto al fogón, y después sobre el mismo suelo de tierra apisonada, pero en el otro extremo donde solo eran un confuso bulto diluido en las sombras y un simultáneo jadear en el silencio de la noche hueca de ruidos.
          -Y… ¿qué piensa hacer, doña?
          -Ya se verá, pues…
          Véngase conmigo. También yo trabajo en el río, doña, y un techo no le va´faltar.
          -‘tan los gurises.
          -Tráigase uno, pues, y los demás se los deja a mi comadre que será gustosa. Ya ve usté: vive sola y tiene su ranchada. A los otros se los da al cura, que tiene un asilo, según dicen.
          Y no, don… son por demás gurises.
          -No sea zonza. Sola no va a poder con tanto guacho… Y no va´encontrar hombre que cargue con tanto crió.
          -Quien sabe, pues… Algo saldrá.
          -Piénselo y mañana me lo dice. Yo me la llevo a usté y alguno; si gusta, digo…
          -Vamos a ver, pues…
          El Ñuto supo que los días pueden ser parejos de duros y arduos aunque se pongan leguas de tierra y de agua entre un lugar y otro. Pero esto lo supo después, en la otra banda del río donde cayó con el forastero aquel que había estado preso y que ya no lo estaba –aunque con elemental prudencia amontonaba leguas entre el lugar donde se había “desgraciao” y la nueva querencia-, el hombre a quien todos llamaban el Lagarto, todos menos el, que le decía “don”, como le dijo aquel primer día en la Subprefectura y como lo seguiría nombrando en los largos años que pasarían juntos en ese rincón del monte donde cobijaron, uno, su desamparo, y el otro, los restos de una niñez desvalida, jugando ambos sin saberlo, con las formas más ásperas del coraje.
          En la bárbara soledad de esa extensión, el Ñuto aprendió a dominar el río, a descubrir los misterios del monte, a vencer la naturaleza, en una lucha cuerpo a cuerpo, con la potencia de su propio brazo prolongado en el rifle, repetido en un espinel, multiplicado en un ingenio que crecía mientras los músculos se afirmaban y los ojos se hacían más duchos para escudriñar el monte y para huir de los hombres que, por otra parte, casi nunca veían.
          En cierto modo, era como si la fuerza telúrica almacenada en los árboles vírgenes y en las pajas bravas y espadañas invioladas, se trasvasara a su propio ser, también virgen, retobado y arisco.
          A veces, en la vida, las cosas se repiten imprevisiblemente. Así lo entendió el Ñuto, aunque de modo oscuro, aquella tarde, mientras marchaba hacía Colón sobre la canoa que había estado repleta de pescados, pero que no lo estaba ya, porque surubíes y dorados habían quedado en la desembocadura, tirados sobre el arenal de la costa, mirando al cielo con los ojos abiertos, casi con la misma mirada vacía con que desde el fondo de la embarcación que marchaba apresurada, lo miraban los ojos de el Lagarto, tieso y duro bajo la puñalada que le había abierto el pecho allá, en el almacén de la misma desembocadura.
            A veces, También, un destino turbio tuerce las cosas, inevitablemente. Así, aquella ingenua reunión en el boliche donde habían ido a vender su pesca, o mejor, a canjearla por provisiones, resultó el principio de todo ese desorden desencadenado como se precipitan las cuentas de un rosario que se corta: la puñalada inesperada de el Uruguayo, hombre de pocas pulgas; el Lagarto en el camposanto, y el, el Ñuto, entre las paredes frías de ese asilo de Colón en que lo pusieron las autoridades del pueblo ciudad (donde había ido a parar con el muerto y ese milico entrometido que lo acompañaba), cuando lo vieron solo, con su endeble adolescencia incierta y chúcara.
          -Pero miren, si casi es un bicho –había oído decir entonces.
          -A este gurí hay que enseñarle a hacerse gente, a escribir…
          -Yo creo que primero hay que enseñarle a hablar en cristiano –apuntaló otro.
          Pero todo esto ya no lo pensó ni lo recordó el Ñuto aquella vez, cuando marchaba, bajo la madurez del mediodía, con el cuerpo del hombre a quien todos nombraban el Lagarto y el “don”, y al que había querido con la simple y elemental hondura con que quiso a su padre, sin palabras ni gestos: sino que lo recordó después, cuando todo aquello ya había pasado y también era solo una confusa evocación los mese vividos en aquel lugar que los del pueblo llamaban asilo, y los curas de la casa, colegio, y el, el Ñuto, cárcel, aunque en verdad no sabía que era una cárcel sino de oídas, de habérselo escuchado a el Lagarto.
          Pensó todo esto después, ya de regreso a ese rincón del monte, que era distinto de aquel compartido en día con el Lagarto, pero que sin embargo resultaría idéntico en su clausurada y agresiva soledad; y ya de vuelta, también, de aquellos patios helados, inmensos dormitorios y lecciones impenetrables con los que había querido civilizar a ese muchacho acostumbrado a recoger las respuestas de las cosas en la vitalidad del monte.
          Porque en el colegio-asilo-prisión, inútilmente se habían fatigado en enseñar a leer, a escribir, a sumar; a retener las leyes de la naturaleza, el proceso de la historia, el desarrollo de las ciencias. En vano maestros y curas derrocharon esfuerzos. Su mano, acostumbrada a la dureza de los remos, a la áspera caricia del espinel, a la cálida vecindad del rifle o del machete, se trababa en la tersura del lápiz, temblaba al querer dibujar los signos de la escritura, así como resbalaban en su mente las reglas de sumar o las lecciones de botánica apuntadas en la pizarra, porque él estaba habituado a responder los enigmas que le presentaba la vida con las réplicas que andaban por el cielo y los árboles.
          Pero, no obstante, algo aprendió el Ñuto; o mejor: algo se quedó grabado, como una placa fotográfica, en esa mente habituada a recibir las cosas por iluminaciones súbitas. Fue un día en la clase que imagino sería de historia, y que tenía por maestro a un desgarbado muchachito recién salido de la Escuela Normal.
          Ya habían visto el descubrimiento de América, las peripecias de Colón; entonces, según el orden del programa, correspondía enseñar la expedición de Juan Díaz. El maestro les habló de los preparativos de la marcha, de los largos días pasados sobre el océano; después, del asombro de los españoles al enfrentar la grandeza de aquellas aguas dulzonas que llamaron por eso mismo Mar Dulce, y al que luego dirían Río de Solís, y después Río de la Plata, y que era donde desembocaba el Uruguay, el río que ellos veían cuando los curas, los domingos los llevaban de a dos en fondo a pasear por la costanera, o cuando algún otro día iban a pescar más allá del murallón de piedra; y les dijo, además, cómo por ese río se internó Solís con sus compañeros y sus barcos, y cómo después enterraron a un tripulante muerto, en una isla que los salió al paso, que desde entonces se llamó Martín García por él, el marinerito fallecido, que tal vez nunca habría soñado con eso, como tampoco habrían soñado los otros –Solís, y el contador Alarcón, y el factor Marquina, y Francisco del Puerto- que la fama de ellos vendría por algo más inesperado  horrible: por el hecho de ser muertos y después comidos por los indios de allí.
          La voz del maestro, inútil soñador de aventuras, se enfatizaba gradualmente mientras amontonaba pormenores y detalles que había sacado de los libros, sí, pero más de su propia fantasía: los charrúas llamando a los españoles, haciéndoles señas amistosas; Solís y sus compañeros sobre el río indiferente, acercándose a la costa; el sol, la expectativa, la confianza también; y de pronto las flechas y los alaridos y la muerte; y después la sangre del descuartizamiento, en la costa, el humo de las fogatas, el horror de los españoles ante el festín indígena.
          Al llegar a este punto, como siempre ocurría, el maestro vio las caras de los muchachitos contraídas primero en un gesto de ansiedad, y después de terror, y después de asco; y pronto sintió los murmullos de rebeldía y la náusea de esos “gurises” que aunque toscos y elementales se indignaban ante el hecho de que hubiera hombres –así fueran indios-. Capaces de hacer eso: comerse a otros hombres –aunque éstos fueran españoles-, como ellos se habían comido en el recreo anterior el pedazo de galleta dura con que en el colegio les hacían, más que reponer las fuerzas, disminuir el hambre del almuerzo cercano.
          El maestro creyó entonces que los gestos de desagrado y de asco correspondían a todos; pero el maestro se equivocaba. Porque desde su asiento, el penúltimo de la clase, el Ñuto, que había seguido la narración como la clase entera, casi sin respirar de puro atento, no se extrañó, como los otros, de que los indios hicieran lo que hicieron, ni sintió asco por ello; más aún: fue como si de algún modo hubiera esperado primero y gozado después con ese final en que el ultimo correspondía a ellos, los dueños del monte y no a esos entrometidos que llegaban con barcos y uniformes. Además, el sabía que las cosas eran así en esa selva que no conocían ni el maestrito endeble de esos muchachos salidos de las ranchadas de ciudad; porque esas cosas se aprendían solo a la intemperie, allá, donde él había medido la fiereza del cazador que defiende su tierra o protege su vida persiguiendo, matando, descuartizando. Y también, comiendo, si se le daba la gana, de eso que ya era suyo porque lo había conquistado de puro macho.
          Por primera vez en muchos meses, el Ñuto oyó otra vez el zumbido del viento discutiendo con los árboles, allí, en el aula; y escuchó el sordo rumor que subía desde la tierra y el agua. Sintió, además, como esos ruidos crecían y como el viento se animaba para vivificar las figuras inmóviles que desde una lámina de cartón prendida a la pared lo miraban a él y a los otros que descubrió conocidos: la de su padre, Zenobio Asencio, disimulado bajo las plumas y pinturas de una cara india, pero más reconocible que aquella tarde en la Subprefectura, con el vientre hinchado y con los pies casi comidos del todo por las alimañas; la de el Lagarto, como era antes de la puñalada que lo había dejado tieso en la Desembocadura; la de su propia madre, que no había vuelto a ver no sabía desde hacía cuanto tiempo, aunque si sabía que era desde aquella tarde, en la Subprefectura de Fray Bentos, cuando le puso la mano áspera sobre la cabeza, y le dio un torpe beso sobre la mejilla, y le dijo “ Vaya m’hijito, y que Dios me lo haga hombre”, y después con los críos que habían sido cinco pero que desde entonces serían cuatro, prendidos a su falda, marchó hacía un lado del río mientras ellos, el Lagarto y el, tomaban el rumbo de la otra banda. Y también en los otros, en los españoles que desde la cartulina el veía subir por el río, reconoció, bajo las vestiduras de hierro relampagueando al sol, la cara del sargento que lo había acompañado aquella tarde desde la Desembocadura, con el cadáver de el Lagarto, y la del comisario que decretara su internación, y la del cura que en esos días se fatigaba inútilmente por enseñarle catecismo.
          Esa noche el Ñuto se durmió con el olor de la selva en su cama y repicar las lanzas y tambores en los oídos.
           Y fue a la mañana siguiente en la clase de aritmética. El maestro tomaba las cuentas de sumar. El Ñuto desde su rincón, como entre sueños, oía ese murmullo uniforme y vago que llegaba hasta la orilla poblada de río, de árboles y de indios, oscuro tiempo al que había regresado: aquel en que los nativos corrían por una tierra que era propia, “antes que los españoles llegaran”, pensaba él; en realidad, antes que las escritura y los timbrados se las entregaran a otros, señores de ciudad, comisarios de pueblos, políticos que nunca ni siquiera las habían visto.
           El maestro, tal vez, sorprendió la lejanía de ese muchachito chúcaro, siempre callado y ausente, pero entonces más fuera de allí que nunca. Y por principio, por disciplina o tal vez por escondida dosis de maldad que llevamos sin saberlo, si dirigió a él precisamente y le dijo:
           -A ver vos, la del siete…
           Y entonces todos, el maestro y los veinticinco alumnos, primero con perplejidad y luego con sorpresa y después con una carcajada unánime, escucharon como el Ñuto se paraba y apresurado, atropellándose, con un borbotón de palabras –el, que apenas se manejaba con monosílabos y basta- jadeando, arrebatado, les contaba a ellos –al maestro, a los alumnos- la historia de Solís: los españoles que llegaban, los indios que hacían señas amistosas, las flechas que partían, herían, mataban… Las últimas palabras llegaron enfáticas y definitivas, como un canto de triunfo o un grito de victoria:
          -Y entonces, después, los indios se acercaron y lo comieron a Solís…
          Pero quedaron sepultadas bajo la carcajada de la clase que el maestro no pudo detener porque también el, el maestro, se estaba riendo a más no poder.
          Esa mañana, en el recreo largo, el que usaban para comer la galleta y hacer las travesuras más importantes del día, los muchachos lo corrieron al Ñuto, le pusieron una vara de mimbre en la mano –“Tomá che, se te perdió la laza”- le colgaron un taparrabos hecho con un pequeño plumero pescado Dios sabe dónde. Casi al final, en el rincón en que se había escondido, el Ñuto sintió como uno de los muchachos al pasar le decía:
          -Chau, Solís…
Y oyó también que el otro le advertía:
         -No, pavote, este no es Solís: es de los que se comieron a Solís…

          Esa noche, cuando todos dormían, el Ñuto abandonó su cama, cruzó el patio de baldosas coloradas, saltó el muro ruinoso, atravesó las calles polvorientas del barrio, llegó hasta el río, se cobijó en los matorrales de la costa, caminó por cuchillas y cerrilladas, bordeó cañadas, evitó lomas erizadas de tunas y pueblos con gente. Y caminó, caminó, caminó.
          Dos mese después llegaba otra vez al monte. Y el monte consumió la adolescencia del Ñuto Asencio. Y en el monte se hizo hombre. (Alguno, es claro, podrá decir que allí, en realidad, se fue haciendo bestia, animal o alimaña).
          
          Un día el Ñuto Asencio conoció el amor. El no sabía que era amor esa fuerza elemental, primitiva y urgente que le volvía brillantes los ojos y apresuraba el ritmo de su sangre cuando veía el rostro moreno de la Rosa o miraba su cuerpo delgado arrastrando el barril de agua desde el río hasta el boliche, o la contemplaba junto a su padre, moviéndose para atender la clientela allá, cerca del lugar que llamaban el pudridero porque, según se contaba, alguna vez había sido un cementerio indio.
          La había visto un día cuando, decidido a no ir más a la Desembocadura para hacer sus provisiones, porque en ese lugar lo encontraba siempre el triste recuerdo de el Lagarto, había subido con su canoa por el río, hasta que dio con el recodo sobre el que acostaba su boliche don Zapata, el gallego que por razones de miseria y de algún oculto delito, había ido a parar allí desde sus lejanas tierras, con la mujer y esa hija única que, de entrada nomás, le llevara los ojos. 
        Cada dos o tres meses, el Ñuto llegaba para cambiar cueros de nutria y pesca reciente por el poco de yerba, harina, tabaco y caña que necesitaba; y también por algunos pesos, pero nunca eran muchos, porque ¿para qué quería dinero allá, en la maraña del monte, si tenía “tamangos” de cuero duro y tientos fuertes, y bombachas desteñidas por los soles de tantas temporadas pero buenas todavía, y ese poncho heredado de el Lagarto con que se abrigaba por las noches y se guarecía de la lluvia?
          Subía por el río, cada dos o tres meses; pero desde que vio a la Rosa, comenzó a ir más seguido, aunque la provisión de yerba todavía le aguantara o el tabaco anduviera a medio acabar. Y entre una subida y otra, el Ñuto, con esa sabiduría que no se aprende en ningún lado, sino que ya se trae, fue cercando a la muchachita de piel morena y ojos oscurecidos; y un día entretuvo su mano en la de ella, junto a un paquete de yerba, y otro, rozo su espalda, como al descuido, al cruzar la puerta que malamente sostenían unos cueros; y otra vez, cuando la encontró en el monte ya apretado de sombras, volviendo del río donde había ido por agua, le salió al paso desde el escondite en que la aguardaba, y la tomó de la cintura, perentorio y tosco, y la arrastro entre las altas espadañas de la orilla hasta los yuyales más tiernos, sin decirle nada, mejor dicho, exigiéndole simplemente, “Vení… vení para acá”, mientras le tapaba la boca, por si la muchacha gritaba, pero después ya sin tapársela, porque vio que la Rosa no solo no protestaba, sino que se prendía a él, y desde el suelo donde la había volteado, se incorporaba a sus gestos que eran los del amor, aunque el Ñuto no lo sabía, como tampoco lo sabía la muchachita que por primera vez hacía eso con alguien que le gustaba de veras: el hombre achinado de ojos oscuros y huidizos que desde hacía un tiempo poblaba sus sueños que aún eran de muchacha, aunque su cuerpo ya era de mujer porque un día un matrero, cuando apenas tenía trece años, la había llevado, también así, hasta un rincón resguardado de totoras, y la había iniciado en lo que ella no había hecho todavía, pero ya sabía que era y como se hacía, porque a orillas del monte todo eso se aprende muy pronto.
          Y después (después del jadeo, del espasmo y de la paz), se quedaron de espaldas al suelo duro, mirando las estrellas que se encendían arriba, sintiendo el chasquido de la vegetación que los envolvía y el machetazo lejano de algún obrero atrasado de la Campaña que por entonces desmontaba parte del lugar. Y el dijo despacio, como hablaba siempre, pero esta vez con una voz que se hizo menos áspera y que ella recogió y contestó también así, enternecida.
         -Te venís conmigo, aurita…
         -¿Y el tata?
         -Se lo decimos, pues.
         -Se va´enojar mucho, se me hace.
         -Entonces, no le decimos nada…
         -Ajá… Nos va´joder.
         -Deande va´poder. Ayá es lejos. Y es lindo ¿sabes? Te va´gustar. Nada te´a de faltar…
         Y la muchacha dijo entonces “güeno”, pero si no lo hubiera dicho hubiera sido lo mismo, porque el Ñuto ya lo tenía todo preparado y pensaba llevársela, así hubiera tenido que desmayarla a lonjazos o estaquearla en el fondo de la canoa, siguiendo aquel elemental principio que había regido su vida: tomar, aunque fuera a las malas, lo que necesitaba para seguir adelante: un surubí, una mulita, un poco de libertad retaceada o, como entonces, esa mujer de cara morena que por la noche, bajo el silencio cómplice de la luna y el otro silencio de Capitán, el perro de don Zapata, marchaba con él, arrinconada en el fondo de la canoa, hacía el pequeño refugio del monte.
         La vieja guarida junto a un zanjón, entre los fachinales de la costa, fue abandonada, y el Ñuto, ayudado por la Rosa, levantó en un vecino albardón donde era difícil que llegaran las primeras crecientes, una ranchada de adobe y totoras, recostada junto a un ruinoso ceibo que en primavera se vestía de colorado y en invierno se desnudaba para que el sol se acercara sin obstáculos.
         Y hasta ese rancho, que seguía siendo precario, pero que ya tenía otra categoría, llegaba el Ñuto, ahora sí, todos los atardeceres, porque aunque no se lo dijera, y aún tal vez sin saberlo, instintivamente, sentía que entonces ya no podía quedarse en el recodo donde lo agarraba la noche, porque ahora tenía casa y mujer. Aunque no lo supiera, el mandato de la especie se repetía en él y acortaba sus largas correrías de nómade, haciéndolo cada vez más sedentario, como si el infinito camino de la Humanidad –desde el hacha de piedra hasta el cuchillo Solinger- se cumpliera una vez más en aquella isla ignorada, alrededor de la Rosa y el Ñuto.
        Todos los atardeceres lo veían llegar, entonces, después de su trabajo en el río o en lo oscuro del monte, según la temporada, buscando el techo y la comida, pero buscando sobre todo la mirada querendona de la Rosa y las caricias que se repartían por las mañanas tempranitas el mate que pasaba de una mano a la otra, en un ritual repetido, también sin palabras, o con muy pocas, las suficientes para ponerse al tanto de las necesidades simples que tenían allí, en ese lugar sin novedades donde vivían como se había vivido antes (antes de que los fortines se cambiaran en estancias y la posesión elemental del más fuerte o el más necesitado en las escrituras y documentos del más hábil).
        -La pucha… se me rompió la trampa que ponía n’el sauce Isondú.
        -Macana… ¿te quedan las otras, no?
        -Ajá; pero via tener que agenciarme de alguna; ahurita yega el tiempo y me jodo.
.......................
        -A mi se m´ia augeriado el balde de agua.
        -Dame, le pongo un sunchito.
.......................
        -Mañana yueve, dejuro.
        -Y si. El viento trai agua, y las catangas anoche taban demasiado alborotadas.
         Y después, un día y otro día, la mirada husmeando la claridad del amanecer o las sombras de la noche, y el humo del cigarro del Ñuto que sube, y la Rosa agotando sus ojos en ese otro humo del fuego que siempre falla, y el silencio vacío de ideas, y la ternura hecha costumbre o la costumbre de esa ternura idéntica, horizontal, sin sobresaltos, sin diálogo, sin discusión, solo sacudida a veces por una evocación ligera, no en el hombre, que nunca ha conocido otra cosa, sino en la mujer, que una vez tuvo algo distinto.
        -Quien sabe el tata como andará.
        -Quien sabe…
        -Nada ‘emo sabido, pues.
        -Aja…
        -Cuando se desarrabie, vamo ‘ir.
        -Y si… se verá cuando.
        -Cuando venga el gurí, a lo mejor.
        -Aja…
        Pero ellos comprendían que viviendo como vivían, nunca podrían saber nada, porque hasta esas soledades nadie se acercaba. Y cuando a veces, en muy pocas oportunidades, oían el rumor de alguna lancha que el eco, adelantándose leguas, les anticipaba, sin palabras, en un acuerdo tácito, tapaban o apagaban el fuego, único elemento que entre tanta vegetación podía descubrir sus huellas. Además, el Ñuto había cambiado el rumbo de su proveeduría, y ya no subía hasta la vuelta del río donde se recostaba el boliche de don Zapata, como tampoco bajaba hasta la Desembocadura en que se había desgraciado el Lagarto, sino que remontaba el otro río y llegaba hasta Gualeguaychú –aunque eso sí que le quedaba mucho más lejos-, y allí canjeaba sus cueros de nutria y de zorrinos y su carga de surubíes, dorados y bagres, por la harina y los vicios, y, en el último viaje, también por una cobija nueva y un montón de clavos para terminar la cuna que el Ñuto preparaba ahora que la Rosa esperaba un crío.
        Un día, inesperadamente, supieron del viejo Zapata. Lo supieron por una traición del eco que ese día no les avisó nada, y por la complicidad del viento que sopló para el otro lado, para el lado del que venían, por el río arriba, los gendarmes y ese milico retacón y arrogante que de golpe apareció en la puerta de tientos y dijo “güenas”, y en seguida aclaró que andaba con su gente buscando a unos contrabandistas que sospechaban escondidos por esos pagos; y aunque la Rosa se calló, y no dijo que conocía a ese hombre de allá, del boliche del padre, el hombre si lo dijo, y agregó ante la torva mirada del Ñuto, que el viejo estaba “jurioso” y que decía como los iba a matar a los dos, “a esa hija puta” y a ese “matrero desalmao”; pero que se quedaran tranquilos, porque el solo rastreaba contrabandistas y matreros y no muchachas querendonas, y que “muchas gracias por la ospitalidá” y “hasta más ver, pues”.
            Pero cuando se fue el milico, que era el sargento Duarte, en la lancha llena de gente y de máuseres, el Ñuto dijo despacio, “piquetazos de mierda”, y se quedó con un gusto áspero en la boca, y si no levantó las pilchas y se marchó a cualquier fachinal lejano donde nadie lo alcanzara, fue porque la miró a la Rosa, y le dio algo así como lástima al ver su cara cansada, y su vientre hinchado, y la cuna de algarrobo arrinconada junto al fogón, aguardando. Y pensó, “en cuantito nazca el crío, nos vamos”.
          Pero el sargento Duarte no le dio tiempo.
          Llegó una tarde temprano, cuando, según calculaba por la conversación de unos días antes, el Ñuto estaría en el monte, con sus trampas, lejos del rancho.
          Apareció solo y se acercó a la Rosa, que también estaba sola, y que al verlo pensó “llega como llegan los ladrones”; y lo pensó y no se equivocó, porque de entrada nomás el Duarte le dijo “prienda” y después “pa´ojos mejores que los de ese chúcaro”, y en seguida le explico que si no quería ver a don Zapata achurando al Asencio ese y al crío que según veía estaba por tener, debía esperarlo a él, que se marchaba entonces pero que volvería pronto, y que pobre de ella si decía algo.
          Cuando esa noche llegó el Ñuto, cansado y sudoroso, la Rosa le preparó el mate, y pelo las gallaretas que traía, y colgó al sereno “para que se le juera el jedor”, la liebre con que haría el guiso al día siguiente, y no le dijo nada, un poco porque casi nunca hablaban, porque les bastaba con realizar en común esa tarea que era heroica, aunque ellos no lo supieran; y otro, porque el Duarte le había prendido un miedo nuevo en el pecho.
          Unos días después volvió el Duarte, y la agarró sobre el mismo cuero de vaca colgado a la intemperie, entre dos troncos de la enramada, porque era verano, donde ella dormía con el Ñuto, y donde recibió entonces, como una muerta, a ese hombre, un día y otro día, una vez y otra vez; hasta que una vuelta el Ñuto llegó más temprano, y no lo vio en el catre, ni en el rancho, pero si lo distinguió de lejos, sobre la canoa que bajaba por el río, y lo conoció por las charreteras que brillaban con los últimos rayos del sol y por el olor que dejó (porque el Ñuto, como los animales, conocía a las sabandijas por el olor).
        Y el Ñuto, esa noche, tampoco dijo nada, pero al otro día mandó a la Rosa a recoger el espinel que esa mañana había puesto río adentro, bien lejos; y al otro, a retirar las trampas escondidas en lo hondo del monte; y ese día, el día en que calculó, Dios sabe cómo, que el Duarte llegaría –tal vez por otro sentido, o instinto o vaya a saber que de los animales y de los seres primitivos- la mandó más lejos aún, en la endeble canoa.
        -No ´e de poder sola, pues… -se excusó la Rosa casi con un lamento, porque oscuramente, presentía algo.
         -Y de no… se las arregla usté, que pa´eso es mujer de montielero.
         -‘toy un poco pesada, aura.
         -No sea jodida y vaya; yo tengo que acabar esto…
          En el machete que había empeñado sus últimos días y que el Ñuto señalaba sin levantar los ojos, la Rosa vio como el signo de algo. De algo que la llenó de miedo.

          Desde los pajonales de la orilla en que estaba agazapado, como una fiera en acecho, el Ñuto vio la canoa que se acercaba. Preparó el rifle pero en seguida lo dejó y tomó el machete, que tenía aún sin terminar su cabo de lapacho, mientras se decía: “la puta con el hombre apurao… casi no me dio tiempo”. Y entre los espesos matorrales el Ñuto aguardó, sin apuro, como sabiendo que lo que debía llegar iba llegar nomás, mientras el otro hombre, él sí que con apuro, ataba la canoa más allá del primitivo muelle, como escondiéndolo, y después bajaba, chapoteando con sus altas botas en el agua de la costa, entre los camalotes allí adormecidos, y después avanzó, por el senderito abierto entre las luceras y la hierbabuena, mientras su voz se levantaba en un llamado perentorio y sordo –“Rosa”- que de entrada nomás se detuvo, como se detuvo el silencio del monte con ese grito inevitable que el Ñuto esperaba, el de la Rosa, que como contrariando su propio destino no se había ido según lo ordenado, por primera vez rebelde a la orden de su hombre, sino que estaba allí, en la otra parte del senderito, mirando con ojos desorbitados el cuerpo del Duarte que caía, la sangre que salía a borbotones, el machetazo del Ñuto levantándose sobre su propio rostro enloquecido.
          Después fue el silencio, otra vez, como si todo el monte se hubiera acallado junto a la mano del Ñuto que se detuvo y a su mirada que también pareció quedarse allá, en otra cosa, en algo visible solo para sus propios ojos.
          Después, otra vez, se oyó el ruido manso del río, y el canto de las chicharras y el grito de algún chajá lejano. Pero nada de eso llegaba hasta el Ñuto. En el vacío abierto de su mente, se alzó un redoble de tambores y un silbido de flechas se levantó de pronto mientras miraba el cuerpo uniformado desangrándose a sus pies, que vio descalzos sobre la tierra y los abrojos: desnudos, como sentía desnudas sus piernas y el propio cuerpo donde solo quedaba un taparrabo de plumas y una vincha prendida a la melena que ondeaba en el aire quieto, sereno, en el que de pronto clavó un grito, o tal vez mejor, un alarido de triunfo, venganza o sabe Diosa que cosa. Un grito –sapucai- que el monte no escuchaba desde siglos y en el que parecieron resucitar todos los muertos sin historia que una vez, hacía ya tiempo, defendieron ese lugar de los que habían llegado, primero trayendo máuseres, y después escrituras y timbrados, como el, el Ñuto lo acababa de defender entonces.
          Cuando, a la madrugada, llegó la lancha de la Subprefectura que, según el plan del Duarte, debía recoger a la Rosa, los hombres vieron primero una gran fogata junto al rancho que de tan iluminado parecía en medio de un incendio; y después lo vieron al Ñuto, con los ojos fijos en las llamas, la revuelta cabeza gacha, agazapado frente al fuego. Más lejos, sobre el pasto, un machete ensangrentado. Más lejos, los pedazos del Duarte, aguardando.
        Encima el nuevo día estallaba en un himno de trinos salvajes.
 
                                                                      
        III

 
          Al otro día los habitantes de Tres Esquinas vieron el camión celular de la Penitenciaria de Gualeguaychú. El comisario –“don Rufino Cáceres pa´servir a usté”- considero que ese hombre era demasiado peligroso como para trasladarlo hasta allá entre dos milicos, al tranco corto de los caballos, como se hacía siempre, o en el colectivo, también entre dos milicos, pero junto a los pasajeros que se asustarían de la cara de ese hombre arrinconado en el asiento último, que era donde se los ponía. Entonces pidió el camión. Y el camión vino, y el comisario Cáceres, junto a la plana mayor de los cuidadores del orden de ese pueblo, y a su mujer, que espiaba desde una ventana, y al rengo Vázquez, que tampoco esta vez se perdió nada, y a toda la gente del pago amontonada frente a la puerta de la pequeña comisaría, oficiando de testigos, entre el olor a bosta de los caballos que justito allí se solían atar siempre, y al sudor de los hombres –porque era verano y hacía muchos calor-, lo vieron, primero salir por la puerta, agachado, como hombre acostumbrado a esquivar el guascazo de la ramas que en el monte se levantaban cerquita del suelo, y con los ojos bajos, como quien sabe que de aquello que puede venir del cielo lo cuida alguien o no lo cuida nadie, pero de lo que brota de la tierra debe precaverse solo; y después lo miraron subir al camión sin decir nada, sin fijarse en nadie, y sentado en el duro banquito de madera, entre los dos agentes, con las manos bien acollaradas por las esposas, lo dejaron de ver entre el ruido del viejo Ford y la polvareda y el olor a nafta.
        Entonces todos se fueron. Las mujeres a sus casas, los hombres al boliche; contentos, porque según entendían, una vez más el orden había sido custodiado y la seguridad del pueblo confirmada. Y el comisario se quedó solo, mirando el camino de tierra por donde había marchado a cumplir su condena de toda la vida, ese mestizo, indio o alimaña que había hecho lo que ningún cristiano era capaz de hacer sin estremecerse.
        Con una escupida final el comisario Cáceres expulsó el último rastro de indignación que le quedaba adentro, ahora que la justicia estaba hecha. Y el polvo borró en seguida los rastros del salivazo, y los milicos recién llegados trajeron los nuevos problemas que debería resolver el, el cuidador del orden de ese pueblo de Tres Esquinas.




Los que comimos a Solís, Editorial Losada, Buenos Aires, 1966.
Tomado de la segunda edición, 1967.








viernes, 10 de septiembre de 2021

Muerte en primera persona (Sergio Beleiro)

 









Esperé a que saliera desde un lugar donde no me podía ver.

¿Me podía ver desde su ventana?

No creo, tampoco me conoce.

Soy sigiloso, pero sobre todo común, de verme no podría sospechar.

Siempre me hago las mismas preguntas.

¿Podría asociarme con algo o alguien?

No.

Soy de afuera.

Es imposible.

Lo esperé y lo seguí de lejos, suficientemente lejos.

Ya lo había seguido antes, de distinto modo, siempre a suficiente distancia, en distintas circunstancias.

Él seguía con sus mismas costumbres, nunca cambió nada, por lo que supuse que no esperaba nada. No sabía, no intuía, no le importaba nada o estaba seguro de que no le podía pasar nada. Aunque nadie puede pensar eso: salís a la calle y como en los dibujos animados te espera un piano en la cabeza que cae desde el piso nueve y no te salvás porque no sos un dibujito.

Pero un ex policía tendría que saber que metió sus narices en lugares donde nunca las tenía que haber metido y que su jubilación no es garantía de nada. También es posible que sea un tarado o no le importe un corno.

 

(Quien escribe, yo, por escribir, en cierto modo, se cree omnipotente, pero no es más que un esclavo; lo que lo forma, lo que ha leído o visto por ahí, lo encadena a ciertos moldes y socava su entendimiento, pero un personaje por él (yo mismo) creado, hace apenas un rato, lo lleva de las narices sin que siquiera pueda sospecharlo. ¿Qué sería de este señor omnipotente en la vida real, en una cuestión policial real, si ahora en el medio de su pelotudez literaria se deja llevar por lo que apenas es un bosquejo de persona, un esbozo de personalidad como él mismo?)

 

Lo esperé y lo seguí desde lejos pero sin darle posibilidad de escape. Seguía  con sus mismas costumbres, iba por los mismos sitios que cada martes seguía.

Yo no necesitaba pensar mucho. Iba a ir primero allá, después allí y más tarde terminaría en tal lugar para volver con la noche más profunda a su casa.

Lo seguí, maquinalmente, a los mismos pasos de distancia, las mismas o parecidas paradas, los mismos horarios, más o menos las mismas calles, en fin, un circuito igual o semejante hacia el mismo destino.

Volvía a casa, a la misma casa, enfrente del mismo bar desde donde tantas veces lo observé, unos días desde una ventana, otras tardes desde otra, casi de refilón desde la barra algunas noches cuando la gente era otra y la luz era otra y la consumición tenía otro precio, sobre todo los fines de semana.

Volvía a su casa, a la casa del ventanal amplio, del balcón sin macetas.

No lo iba a dejar llegar.

A estas horas, en la soledad de las calles y la soledad de la hora, reduciría la distancia para alcanzarlo justo en la entrada del edificio.

 

Nunca supe cómo se dio cuenta y diez metros antes, dio media vuelta con el arma en la mano en un pase de magia perfecto y, sin tener tiempo a reaccionar, aun con mi dedo en el gatillo de la pistola sin seguro y a medio desenfundar, me pegó un tiro en la frente, mientras yo, por reflejo o espasmo involuntario, ya muerto, me pegaba un tiro en el pie.

 

Pueden pensar que esta historia no tiene mucho sentido, que un muerto no puede contar su historia, pero por lo menos en el cine un muerto la suya ya ha contado.


(Digamos Sunset Boulevard, Billy Wilder, 1950. También hay comedia musical)

lunes, 16 de agosto de 2021

La lista (Sergio Beleiro)

       La lista era imperfecta, casi interminable. Nadie sabe si se llevaban copias de la misma.

       Nombrar ladrones y corruptos, asesinos y falsarios, banqueros y negreros, los esbirros de la prensa y los demás crápulas del mundo, es una tarea inagotable, sin contar que muchas veces la clasificaciones se solapan o se imbrican y ciertos nombres participan en varias categorías sin hacerle asco a ninguna.

       Dios se negó a mirar la nómina de manera terminante porque era Dios y fungía en su forma omnipotente.

       Satanás encontró a la primer ojeada, y consta que no vio más de tres columnas, muchos nombres que revistaron y revistaban en las filas del Señor y por quienes el Señor, haciéndose el difunto, jamás había puesto el grito en el suelo.

       Como toda lista o cualquier enumeración posible, que no tiene más que principio y jamás tendrá final, sólo tendrá lectores sesgados y ladinos acallados, pasará a ser pieza de museo en el mejor de los casos o documento perdido en sótanos mal ventilados criando, en la dejadez de esos recintos, las mutilaciones y manchas del tiempo, el paso de las ratas y la humedad imperdonables.

       Tal vez en ese trámite de manchas y pérdidas irreparables la lista se torne más misteriosa e interesante dando lugar en el futuro a una búsqueda del tesoro que no llevará a ningún tesoro ni a ninguna parte.

       El demonio seguirá siendo el mismo bajo todos sus nombres y Dios alternará entre su omnipotencia, el amparo de la defunción filosófica y el lavarse las manos a lo Poncio Pilato dejando las porquerías de su reino al libre albedrío humano. 

sábado, 10 de julio de 2021

Casa vacía (Sergio Beleiro)

 

Volvió a su casa.

Al entrar, como siempre, el vacío.

La casa estaba vacía aun con él adentro.

Era una sensación que no se podía sacar de encima.

Era una certeza.

Era una casa vacía y que él viviera ahí no cambiaba nada.

No se sorprendió al entrar en la cocina y ver al pelado del otro lado de la mesa.

No pudo ver sus manos, pero el pelado siempre tenía las manos en los bolsillos.

― ¡Cuánto tiempo!

― Mucho, Esteban ― contestó el pelado.

Siempre llevaba las manos en los bolsillos de la campera, la derecha con el índice en el gatillo de un arma que rara vez tenía el seguro puesto.

― No te esperaba.

― Mal hecho. Sabías que iba a venir.

Llevaba como siempre uno de sus largos camperones con esos bolsillos mágicos donde cabía no solo una pistola sino también la mano en el gatillo.

Esteban ya no tomaba precauciones. Había dejado de mirar por encima del hombro y al doblar la esquina ya no se paraba frente a una vidriera esperando ver si alguien sospechoso doblaba detrás de él.

Se había cansado o había decidido que no valía la pena perder tiempo en algo que no podía controlar.

― ¿Cómo anda la gente?

― Como siempre, unos vienen otros se van.

― ¿Querés un té?

― No, no me gusta la marca que tomás.

El pelado siempre tomaba té, no le gustaba el mate o lo asqueaba el paso de la bombilla por la boca de la gente. Tampoco le gustaba el alcohol.

Una vez lo había visto sacar, como un mago, la pistola del bolsillo, con una velocidad inverosímil y otra disparar directamente desde el bolsillo con acertada puntería.

A Esteban no le cabía duda que el pelado había llegado con tiempo, tal vez un rato después de que él saliera de la casa para ir a trabajar, que lo había inspeccionado todo, confiscado lo que correspondía para después ponerse a esperar.

Era un profesional, pero eso era un aditamento, algo aprendido y ejercitado en el transcurso de los años pacientemente. Lo importante, lo que lo hacía más eficiente, era su frialdad natural. Había nacido con ella, como si tuviera sangre de serpiente. Le agregaba al oficio y la frialdad unos ojos perfectamente lubricados que casi no necesitaban pestañear.

El pelado no solo tenía en su mano derecha su propia arma, también tenía en la zurda la que había encontrado en el cajón de los cubiertos.

No recordaba su nombre, siempre fue el pelado, che o che pelado.

― Si querés tomar algo hacelo, sabés a lo que vengo... pasó mucho tiempo, un poco más no importa.

― Sí… tardaste. Por eso no te esperé más.

― Ya te dije, mal hecho. Igual no iba a cambiar mucho.

Aún con dos personas en la cocina la casa le parecía vacía.

Sabiendo lo que iba a pasar, resignado, su mente buscaba una salida, una salida en una casa vacía donde nada podía interferir, pero donde quisiera tener la posibilidad de gambetear al destino.

Hacer el té para ganar tiempo, ir a la heladera por una gaseosa... no le iba a poder tirar ni el té caliente ni un cuchillo ni una botella. El pelado le dispararía aunque fuera simplemente por las dudas.

Ahora estaba jugando, hacía gala de su personaje, de su victoria, tan callado como otras veces. En realidad era la victoria de otro, el que pagaba sus servicios. Sabía lo que hacía, llevaba la delantera y nunca había tenido nada que perder. Tampoco lo tenía ahora. Este rato de suficiencia, obtener lo que buscaba, ganar, lo satisfacía más que la paga y de la paga, esta vez, ya no estaba tan seguro, había pasado mucho tiempo.

Cualquiera de los dos si se vieran con perspectiva se imaginarían a sí mismos como unos gangsters de película, salvo que no usaban sombreros ni sobretodos y estaban en una Avellaneda alejada del tiempo de Ruggierito, en un Gerli dividido por cuestiones de otro tiempo. Malangas hay en todas partes y siempre.

El pelado no imaginaba nada, ni pensaba, tenía todo cocinado, hasta un arrebato final del gastado Esteban.

Esteban no encontraba ni el cómo ni el por dónde. Era el resignado que no se quería resignar.

Vio o imaginó un parpadeo y se lanzó sobre la mesa o se lanzó sobre la mesa provocando un parpadeo y el dedo del pelado gatillando un disparo a través de la campera y de la mesa enclenque que cedía ante su propio peso y su propia carne cuando llegaba a tomarlo de la cabeza y la hacía girar cuando el pelado volvía a disparar ahora a cualquier lado casi al mismo tiempo en que terminaba con el cuello roto.

Tal vez el salto, ese deslizamiento sobre la mesa que cedía en el retorcerse de su cuerpo por el disparo, en el intento del pelado por sacar las manos de los bolsillos, lo llevó a romperle el cuello y no a hacerle dar su nuca calva contra la pared, terminando por evitar una última lucha o forcejeo.

Demasiado rápido y demasiado loco como para que saliera bien, y también para poder contar el cuento, pero en Gerli todo podía pasar, hasta apaciblemente, y no se le ocurriría contarle el cuento a nadie.

El pelado estaba muerto con el cuello roto.

Esteban respiraba, agitado, todavía reteniendo la cabeza del vencido, en el suelo, la mesa rota, las sillas caídas, formando todo una especie de barricada que impedía el paso a ningún lado.

Sangraba por un costado, pero no tanto. Le dolía mucho, se tocó, podía haber sacado una costilla rota, pero eran solo carne y grasa perforadas. Estaba vivo.

Trató de recomponerse del desastre.

No escuchó sirenas ni ruidos en la calle. Fueron dos disparos y en Gerli todo podía pasar, como podía pasar que nadie se diera cuenta de nada o llegaran los bomberos a una casa equivocada. Un par de vecinas habían asomado sus narices a la calle, pero como en la calle no había pasado nada volvieron a sus cosas.

Se dedicó por un rato a limpiarse la herida y a vendarse. Le iba a doler bastante por bastante tiempo.

Desestimó el té y la gaseosa, bebió un vaso de agua de la canilla y buscó el ron.

Tenía unas cuantas cosas para pensar, otras para arreglar y precauciones que tomar, aunque ya estaba podrido de todo eso.

Su estupidez casi lo había matado y la misma estupidez lo había salvado y le había dado algo de tiempo, tal vez mucho más que el que esperaba o se merecía, tal vez muy poco.

No sabía si valía la pena, estaba tan vacío como la casa en la que vivía o el muerto tirado en el piso con armas en los dos bolsillos de la campera agujereada.



lunes, 14 de diciembre de 2020

Hombre muerto (Sergio Beleiro)

 

Aparenta que está vivo. Pero es hombre muerto.

Está sentado en el banco de la plaza cuando la mañana se aproxima con nubes de lluvia, con aires de tormenta.

Aparenta que está vivo por la posición y porque la campera ahora no deja ver la sangre en la remera y no hay nadie para verla debajo de su asiento.

Es como que no quiso resignarse y al no poder estar parado no quiso dejarse caer y terminar horizontal y desordenado sobre el pedregullo y el polvo que en un rato estará mojado por la lluvia que disolverá en parte su sangre.

Logró sentarse y cerrar un poco la campera.

No, no quiso resignarse pero se dio cuenta de que no tenía escapatoria.

Se le iba la vida y no podía hablar como cuando lo acuchillaron no atinó a gritar o no pudo y tuvo que limitarse a un ¡ay! mordido y corto que nadie pudo escuchar, ni sus asesinos.

Ellos se fueron y nadie llegó todavía.

Sin celular, dinero ni documentos, espera lo inevitable; tiene los ojos cerrados y casi no respira.

No tiene a nadie y no piensa en nadie más. Piensa en que se va.

No quiere ver sus manos, que la muerte deja caer, ni su pecho que ya no volverá a hincharse.

Las primeras gotas de lluvia caen, un trueno agita la plaza y los árboles se revuelven en un remolino ante el soplo inusual del viento.

La tormenta fuerte, al abalanzarse sobre el parque, lo encuentra muerto.

Tardará todavía un tiempo para que la lluvia amaine, la mañana crezca y alguien vea la figura en el banco y le parezca raro ese señor mojado e inmóvil que parece muerto.

El muerto no aparenta nada y la herida en su cuerpo dirá claramente en la autopsia que no fue suicidio sino asesinato.

Cosas de la vida…

Siempre habrá un cadáver.





sábado, 17 de octubre de 2020

Fin de cuentas (Sergio Beleiro)

 

         La pasó mal. Semanas, meses, tal vez más tiempo. El origen de los problemas venía de mucho más atrás. De un momento impreciso que no alcanzaba a recordar. Un asunto de años.

         Los últimos tiempos, siempre lo mismo, reproches, acusaciones infundadas o no, destratos, en la intimidad o frente a todos.

         Primero fue el ultimátum. "Andá buscándote algo, un lugar por ahí, esto no da para más". 

         Y empezó a buscar; pero no se quería ir. Estaban los chicos, la casa; esa misma casa por la cual nunca se había preocupado demasiado. Estaba ella, estaban los buenos momentos.

         ¿Por qué no podrían reconciliarse?

         Si bien anduvo averiguando por algún lugar a donde ir, fue posponiendo el momento.                            

         ¿Por qué, después de tantos años, no podía sentarse y hablar con ella?

         Había algunas cosas por hacer, ponerse la pila, resolver algunos de los ítems de la lista de reproches que ella podía recitarle sin esfuerzo, aunque ya estuviera cansada de exigírselas.

         Cada una de esas cosas, de manera inexorable,  salía a relucir cuando Diana explotaba, como si fuera un volcán que, periódicamente, entraba en erupción.

         No dejó las cosas como estaban. No. Resolvió un par de renglones de la lista y más adelante intentaría con el resto. Pila, tenía que ponerse la pila.

          Y no se fue.

 

          Días, semanas, meses, los mismos hechos que se repiten.

          Las pilas se agotan y los volcanes empiezan con sus humos y siguen con fuego y lava sobre los antiguos sedimentos.

          "Se terminó, agarrá las cosas y andate".

          Diana le partió el corazón. Se fue casi con lo puesto.

          Los chicos no estaban, les explicaría ella. Ya eran adolescentes, pero sería un mal trago.

          Por las noches, hablaba con ellos por teléfono y después se ponía a llorar.

          Tenía que ponerse los pantalones, cambiar las cosas, procurarse lo que ella le pedía. No iba a poder volver con las manos vacías, pero necesitaba tiempo.

          ¿Era tan importante?

          ¿Era tan difícil?

          Se prometió resolver las cosas. Le prometió el gran cambio. ¡El cambio!

          Volvió.

          Volvieron.

 

           Días, semanas, meses. Las baterías se agotan y los cambios no llegan o tardan más de lo debido.

           "Uno se acostumbra a todo, los malos momentos no son una excepción".

            Siempre las mismas cosas, las mismas peleas, las no peleas, los mismos reproches. Esa maldita lista.

            "¿Uno se acostumbra a todo?"

            "Hacé el bolso”

            ” Cuando vuelva del trabajo, ya no te quiero ver".

            Y se fue.

            Se acomodó en un hueco sin gas ni agua caliente. Comía en el boliche de unos amigos y se iba a bañar a la casa de otro. Durante el día alguno de los chicos pasaba a visitarlo y era su gran alegría.

            Esta vez ya no lloraba. Estaba bien, pero se tenía que poner las pilas, más pilas, arreglar el hueco, hacerlo habitable. Un poco de ejercicio para ponerse en línea. Un poco más de amigos, para evitar el vacío. Agenciarse alguna diversión porque, al fin de cuentas, la vida sigue.

            ¿Y Diana?

            Le parecía o presentía, que si lo intentaba podría volver, a lo mejor faltaba un poco más de tiempo; ella lo quería, seguramente lo esperaba.

            "No me puede dejar de querer de un día para el otro."

            Un mes después lo llevaba muy bien. Estaba tranquilo. Ya no la pasaba mal como en los últimos meses. Lo invitaron a comer unos amigos y llamó a otro para ver si podía pasar a bañarse por ahí. "Sí, ¡cómo no!".

            Antes de ir pasó por la casa, por la casa que a pesar de todo también seguía siendo suya.

            "¿Vas a ir a bañarte allá?” ” No molestés a la gente. Bañate acá."

            No lo pensó dos veces. Se bañó, usó un perfume de sus hijos, se cambió y cuando iba a despedirse, ella le dijo que se quedara, que había pedido pizza y ya llegaba. Dejó la otra invitación de lado. Sus hijos y ella eran más importantes. Todo transcurrió bien, sin un reproche, como si nunca hubiera pasado nada. Ella estaba linda, hasta parecía estar contenta. Creyó verla un poco más joven y hasta lo trataba con dulzura.

            Era sábado a la noche y los chicos se fueron en busca de la alegría de los amigos o las novias.

            Se quedó un rato más. Ella era la delicadeza personificada; tal vez no hablaba mucho para evitar algún desastre. Poco a poco se le pasó por la cabeza que las cosas se iban dando como para quedarse en la casa esa noche, que tal vez los problemas se solucionaban por sí solos, o por el transcurso del tiempo, o por un cariño que no podía desaparecer, que nunca iba a desaparecer.

           Un par de cafés. "Yo todavía te quiero" "Yo también" "Tuvimos momentos buenos” ”Los chicos..." "Esto no puede terminar así".  Charlaron un buen rato, más que nada del pasado, y las cosas se fueron sucediendo casi sin que se diera cuenta.

 

            En fin, la noche fue hermosa, más allá de lo que hubiera podido soñar.

            En mucho tiempo no habían tenido una noche así, un rato de sexo que dejaba de lado los años que ya empezaban a pesarles y que parecía contradecir una relación que había decaído, tanto en el amor como en el sexo, hasta disolverse en la misma nada.

            Terminaron exhaustos, felices. Estaba tranquilo, satisfecho, con ganas de salir a la mañana y cumplir esa condenada lista lo más rápido posible; mucho más ahora que ella no se lo había exigido y lo había recibido como aquella mujer con la que se había casado hace tantos años.

             Al toque se durmió.

             Cuando se despertó, era de día. Diana no estaba, trabajaba ese domingo a la mañana. Se imaginó a los chicos durmiendo, cansados de sus correrías nocturnas.

             Al pasar camino al baño, frente a sus habitaciones, iba a controlar que así fuera, como un buen padre retomando completamente sus funciones

 

              Miró alrededor, buscando su ropa.

              Diana la había apilado en la silla del rincón de la pieza. Se levantó y se vistió.

              Escuchó ruidos de desayuno en la cocina, a lo mejor Joaquín recién llegaba y antes de irse a dormir se preparaba un té. Julio nunca, a la cama derecho y a veces sin desvestirse.

              En la cocina estaba Diana, era más temprano de lo que pensaba. Hacía café.

              Se dio vuelta y lo miró a los ojos.

  ―Nos tenemos que poner de acuerdo y hacer fácil lo que hay que hacer. La vida corre y no me quiero quedar atrás… Seguimos cada cual por su lado y si hay algún reproche nos lo metemos en el orto.

              Era así. Era así desde hacía mucho, pensó.

  Se había terminado mucho tiempo antes.

              Volvieron, con el tiempo, a compartir mesas y algunos cafés. Pero fue la última vez que desayunaron solos.





      

               

viernes, 31 de julio de 2020

Por Monte Chingolo (sergio beleiro)


Íbamos a cazar pajaritos, llevábamos tramperas y sánguches en el bolso. Viajábamos sentados en las viejas tablas, en los asientos del moribundo tren provincial, camino a Arturo Seguí, lugar misterioso y lejano entonces para mí.
Una de las paradas del tren era la estación Monte Chingolo, nombre sobre el cual no puse mucha atención, aunque debería haberla prestado un joven cazador de pajaritos. No sabía que eso de Chingolo tenía que ver con unos bichos cantores que volaban y cantaban por la zona.
De esa mañana me llegan, como en una película descompaginada e incierta, mezclando mi alegría del momento con el paso del tiempo, fantasmas queridos.
También llegan otros, imágenes en sombras, antiguos fantasmas desconocidos, que aparecieron en esa parada del tren; fantasmas sin sábanas ni cadenas, parecidos a personajes sin nombre de una película de convoys (en esa época para mi viejo y para mí la palabra cowboys como la palabra sandwich no existían).
Estaba mirando por la ventanilla y de pronto vi a dos tipos que ahora no puedo ubicar bien en el paisaje ― no recuerdo si estaban en el andén, saliendo del hall de la estación, o más allá todavía, en la puerta de algún boliche ―, dos hombres que se enfrentaban, uno con un cuchillo en la mano y el otro blandiendo una alpargata, dispuestos a pelear.
                Cuando le puse toda mi atención a la escena, el tren empezó a moverse y a acelerar.
No sé si los tipos se hablaron, pero los vi amagar, atacar y defenderse. Tuve que ir girando la cabeza en el intento de seguir la pelea, pero ya no había remedio, nos fuimos alejando y la escena se fue convirtiendo en una imagen suelta en la mente de un chico que jamás conocería el desenlace, con los ojos todavía muy abiertos y bajo los efectos del lento y ruidoso traqueteo del convoy sobre la trocha angosta en dirección a La Plata.
                ― ¿Qué va a pasar?
                ― A lo mejor el morocho lo caga a zapatillazos ― me dijo mi viejo.
                No sé si lo diría por experiencia o por sus largas lecturas o por tantas películas de convoys vistas en el Roca o muchas policiales tanto en cine como en televisión.
                Me parece que, como yo, frente a las circunstancias y los datos inexistentes, calculó de manera rápida quién era el más débil y se puso de su lado.
                Nunca más fuimos a cazar pajaritos. El misto cantor y la jilguera que cazamos fueron los últimos bichos cautivos en mi casa.
                El misto se murió de viejo y la jilguera bajo las garras de un gato vagabundo, señor atorrante de los techos del barrio.
Preferí desde entonces no tener más pajaritos y conformarme con los zorzales libres que pasaban por el jardín buscando lombrices o alborotaban con su canto antes del amanecer y con los gorriones volando y picoteando de aquí para allá.
 Tal vez elegí la libertad y tomar partido por los más débiles.