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sábado, 13 de agosto de 2022

Estas no son manos de gigantes (Paul Éluard)


 











      Estas no son manos de gigantes
      Estas no son manos de genios
      Que han forjado las cadenas y el crimen

      Estas son manos acostumbradas a sí mismas
      Vacías de amor vacías del mundo
      El común de los mortales no las estrechó

      Se han vuelto ciegas y extranjeras
      A todo lo que no sea torpemente una presa
      Su placer se parece al fuego desnudo del desierto

      Sus diez dedos se multiplican de ceros en sus cuentas
      Que no llevan nada más que al fondo de las quiebras
      Y su habilidad las colma de nada

      Estas manos están a popa en lugar de estar a proa
      En el crepúsculo en lugar de estar en el alba esplendente
      Y dividiendo el impulso anulan la esperanza


       Estas no son más que las manos siempre condenadas
       Por la multitud alegre que desciende en el día
       En que cada uno podría ser justo para siempre


       Y reír al saber que no se está solo en la tierra
       Al querer conducirse por aquellos hermanos
       Hacia una dicha única donde reír es una ley


        Debernos entre nuestras manos que son las más numerosas
        Aplastar la muerte idiota abolir los misterios
        Construir la razón de nacer y de vivir felices .


        Traducción:  María Teresa León y Rafael Alberti.
        Pertenece al libro Poesía Interrumpida II (1952) y fue tomado de Poemas (1917-1952), Editorial Quetzal, Argentina, 1975.

domingo, 14 de abril de 2019

Retornos de una sombra maldita (Rafael Alberti)






















¿Será difícil, madre, volver a ti? Feroces
somos tus hijos. Sabes
que no te merecemos quizás, que hoy una sombra
maldita nos desune, nos separa
de tu agobiado corazón, cayendo
atroz, dura, mortal, sobre sus telas ,
como un oscuro hachazo.
No, no tenemos manos, ¿verdad?, no las tenemos,
que no lo son, ay, ay, porque son garras,
zarpas siempre dispuestas
a romper esas fuentes que coagulan
para ti sola en llanto.
No son dientes tampoco, que son puntas,
fieras crestas limadas incapaces
de comprender tus labios y mejillas.
Han pasado desgracias,
han sucedido, madre, verdaderas
noches sin ojos, albas que no abrían
sino para cerrarse en ciega muerte.
Cosas que no acontecen,
que alguien pensó más lejos,
más allá de las lívidas fronteras del espanto,
madre, han acontecido.
Y todavía por si acaso hubieras,
por si tal vez hubieras soñado en un momento
que en el olvido puede calmar el mar sus olas,
un incesante acoso
un ceñido rodeo
te aprietan hasta hacerte
subir vertida y sin final en sangre.
Júntanos, madre. Acerca
esa preciosa rama
tuya, tan escondida , que anhelamos
asir, estrechar todos, encendiéndonos
en ella como un único fruto
de sabor dulce, igual. Que en ese día,
desnudos de esa amarga corteza, liberados
de ese hueso de hiel que nos consume,
alegres, rebosemos
tu ya tranquilo corazón sin sombra.

Tomado del libro Retornos de lo vivo lejano (1948-1952)
, Editorial Losada, Buenos Aires, 1977.

miércoles, 5 de julio de 2017

García Lorca (Sergio Beleiro)

Hace un tiempo escuché que Federico García Lorca fue fusilado por poeta, puto y republicano.
             Posiblemente fue traicionado; fue asesinado y desaparecido.
En todos lados se cuecen habas y aunque la humanidad progresa, la humanidad siempre es escasa.
Se puede llegar a su obra por el interés que despierta su historia o su leyenda, o por algunas canciones que llevan sus palabras y no está mal.
La cuestión es darse cuenta de la importancia de su obra más allá de su desgracia de asesinado o de lo que se dice de él.
Se puede llegar a sus escritos por cualquier lado, pero hay que meterse en sus palabras.
Lo mismo corre para el que llega a Miguel Hernández por las canciones de Serrat o a otros poetas a través de Paco Ibáñez o a Rafael Alberti a través de Attaque 77.
            De manera parecida, aunque a veces sea complicado, no habría que negarse a otras obras por la malhadada historia de sus creadores. No podemos negarnos a los cuentos o poemas de Borges por sus opiniones políticas conservadoras o retrógradas, ni a “Viaje al fin de la noche” por haber sido Céline racista o colaboracionista (aunque también pacifista).
El asunto es que más allá de los errores y aciertos, de las vidas más o menos complicadas, de los finales felices o terribles de los autores a los que nos asomamos, sus obras son concretas, están ahí. Si se perdieran las identidades de quienes las crearon pero nos quedaran esos libros, las palabras serían las mismas. Podríamos leerlas y releerlas y, tal vez, puestos a divagar, hasta inventarles un autor con una vida completamente distinta a la real, una vida fantástica que tampoco podríamos imaginar cabalmente hasta el último detalle.