XIII
Eva ya no está. De un momento a otro dejó de hablar. Se quedó quieta y dura. En un principio pensé que dormía. Más tarde la toqué y no tenía calor. La moví, le hablé. La dejé allí tirada.
Pasaron varios días y no se levantó. Empezó a oler mal. Se estaba pudriendo como la fruta, y tenía moscas y hormigas. Estaba muy fea.
La arrastré afuera y le puse bastante paja encima. Diariamente iba a ver como estaba. Hasta que me cansé y la llevé más lejos. Nunca volvió a hablar. Era como una rama seca.
No sirve para nada, no hace nada. Poco a poco se la come la tierra. Allí está.
Se la come el sol, no me gusta. No se levanta, no habla, no retoña.
Yo la he estado mirando. Es inútil. Cada vez es menos, pesa menos, se acaba.
Adán y Eva, 1952.
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En medio de los remolinos, Tarumba,
quisiera escribir mi testamento:
te dejo a ti la virtud que no tengo,
a ti mi cabellera, a ti mi primer libro,
a ti mis uñas.
Estoy tan definitivamente ahíto,
tan envenenado, tan podrido,
tan cayéndome en costras,
que no quiero ya un pedazo de esta vida feliz
ni un trozo de eternidad para roer.
En medio de estos remolinos otra vez,
sacudido de cóleras inútiles,
hundido en el estiércol inefable,
minuciosamente asesinado,
me acuesto a las seis de la tarde pensando en las horas que vienen.
Oigo una gota, tomo un trago,
pienso en el cadáver que haría,
me estiro.
¿Qué testamento escribiré algún día?
No te dejo nada.
Te dejo nada más mi entierro.
Tarumba, 1956.
Ambos poemas tomados de Antología de Jaime Sabines, Periolibros, Unesco y CFE, suplemento de Página/12, septiembre de 1995.






