miércoles, 14 de octubre de 2026

Las ventanas (Charles Baudelaire)

 












   
    Quien mira desde afuera a través de una ventana abierta nunca ve tantas cosas como el que mira una ventana cerrada. No hay objeto más profundo, más misterioso, más fértil, más tenebroso, más deslumbrante, que una ventana iluminada por una vela. Lo que se puede ver al sol es siempre menos interesante que lo que ocurre detrás de un vidrio. En ese agujero negro o luminoso vive la vida, sueña la vida, sufre la vida.
   Más allá de las olas de los techos, descubro una mujer madura, arrugada ya, pobre, siempre inclinada sobre algo, y que no sale nunca. Con su rostro, con su ropa, con sus gestos, con casi nada, reconstruí la historia de esta mujer, o más bien su leyenda, y a veces me la cuento a mí mismo llorando.
   Si hubiera sido un pobre viejo, hubiese reconstruido la suya con la misma facilidad.
   Y me acuesto, orgulloso de haber vivido y sufrido en otros que no son yo.
   Quizá me digan ustedes: "¿Estás seguro de que esa leyenda es la verdadera?" ¿Qué importa lo que pueda ser la realidad situada fuera de mí, si me ayudó a vivir, a sentir que soy y lo que soy?

   
    Charles Baudelaire, Le espleen de Paris (1869), incluido en Poetas franceses contemporáneos,                Ediciones Librerías Fausto, Buenos Aires, 1974.
    Selección y versiones de Raúl Gustavo Aguirre.
    Tomado de El mundo de Charles baudelaire, Centro Editor de América Latina, 1980.



    Quien desde fuera mira a través de una ventana abierta, jamás ve tantas cosas como quien mira una ventana cerrada. No hay objeto más profundo, más misterioso, más fecundo, tenebroso y deslumbrante que una ventana tenuemente iluminada por un candil. Lo que la luz del sol nos muestra siempre es menos interesante que cuanto acontece tras unos cristales. En esa oquedad radiante o sombría, la vida sueña, sufre, vive.
    Por sobre las olas de los tejados, acierto a entrever a una mujer madura, arrugada ya, pobre, perpetuamente enfrascada en su tarea y que nunca sale. Con su rostro, con su atuendo, con sus gestos, con apenas nada, he reconstruido la historia de esta mujer, o quizá fuera mejor decir su leyenda, y de vez en cuando, entre lágrimas, me la recito a mí mismo.
    De haber sido un pobre anciano, habría reconstruido la suya con la misma naturalidad.
    Y me acuesto, satisfecho de haber vivido y padecido en la piel de otros.
    Y tal vez me digan: «¿Cómo sabes que esa leyenda es la verdadera?». ¡Qué me importa la realidad que se halle fuera de mí, si me ha ayudado a vivir, a sentir que soy y lo que soy.


     “Pequeños poemas en prosa o Spleen de París” – 1862
    Traducción Joaquín Negrón Sánchez
    Ed. Visor Libros 1998.


    Poema original en francés:

    «Les Fenêtres»

    Celui qui regarde du dehors à travers une fenêtre ouverte, ne voit jamais autant de choses que celui qui regarde une fenêtre fermée. Il n’est pas d’objet plus profond, plus mystérieux, plus fécond, plus ténébreux, plus éblouissant qu’une fenêtre éclairée d’une chandelle. Ce qu’on peut voir au soleil est toujours moins intéressant que ce qui se passe derrière une vitre. Dans ce trou noir ou lumineux vit la vie, rêve la vie, souffre la vie.
    Par delà des vagues de toits, j’aperçois une femme mûre, ridée déjà, pauvre, toujours penchée sur quelque chose, et qui ne sort jamais. Avec son visage, avec son vêtement, avec son geste, avec presque rien, j’ai refait l’histoire de cette femme, ou plutôt sa légende, et quelquefois je me la raconte à moi-même en pleurant.
    Si c’eût été un pauvre vieux homme, j’aurais refait la sienne tout aussi aisément.
    Et je me couche, fier d’avoir vécu et souffert dans d’autres que moi-même.
    Peut-être me direz-vous : « Es-tu sûr que cette légende soit la vraie?» Qu’importe ce que peut être la réalité placée hors de moi, si elle m’a aidé à vivre, à sentir que je suis et ce que je suis?


    De: “Petits poèmes en prose o Le Spleen de Paris” – 1862

jueves, 17 de septiembre de 2026

Hay momentos en que es necesario (Ianina Fornaro)


 








Hay momentos en que es necesario
reforzar verdades
alimentar a los nuestros
darles refugio
hasta que pase la tormenta.
Invertir en gestos,
caricias en la espalda
alimentar el vacío
para que nada nos coma.


viernes, 4 de septiembre de 2026

Tareas domésticas (Natasha Trethewey)


 











Lloramos lo que se rompió, las patas de las sillas
arrancadas de sus asientos, los platos partidos,
la ropa raída. Nos entregamos a la magia
del pegamento, martillamos clavos, zurcimos
agujeros. Reciclamos lo que podemos, derretimos
pedacitos de jabón, juntamos nueces caídas,
con los cuellos del pollo hacemos una sopa.
Al sacudir las alfombras contra las paredes
de la casa, observamos el polvo, iluminado
como una constelación, que flota por el patio.
Cuando cae la tarde, cerramos las cortinas
para que los cuartos se refresquen, echamos
a los bichos. Mamá plancha cantando, absorta
en su ensueño. Yo marco un catálogo de compras
por correo, escucho pasar los autos. Todo el día
esperamos el correo, noticias de algún lugar lejano.


Traducción de Ezequiel Zaidenwerg.


Housekeeping

We mourn the broken things, chair legs
wrenched from their seats, chipped plates,
the threadbare clothes. We work the magic
of glue, drive the nails, mend the holes.
We save what we can, melt small pieces
of soap, gather fallen pecans, keep neck bones
for soup. Beating rugs against the house,
we watch dust, lit like stars, spreading
across the yard. Late afternoon, we draw
the blinds to cool the rooms, drive the bugs
out. My mother irons, singing, lost in reverie.
I mark the pages of a mail-order catalog,
listen for passing cars. All day we watch
for the mail, some news from a distant place.


domingo, 16 de agosto de 2026

Cementerio (Francisca Aguirre)










Tiene también la sangre sus revoluciones,
sus líderes y demagogos
que arengan al pueblo de las ansias
congregado en el corazón.
Tiene también la sangre sus masacres
—en nombre de oscurísimas razones—,
en las que mueren tantos inocentes:
los de pequeña voz, los tímidos
que no saben exponer sus deseos;
menos aún, imponerlos.
Mueren entre las venas, y de manera irrevocable,
lo mismo que acontece entre la historia.
Muere toda una grey de tristes oprimidos, pero
en la espantosa servidumbre del reemplazo
sucumben a su vez los opresores
sin que exista un recodo, un breve hueco
en que dejar sobre una lápida
constancia de su paso.
En la anónima fosa de la sangre
yacen mezclados víctimas y verdugos;
y en las terribles horas de la comprensión
qué imposible resulta distinguir
del corrompido olor de la esperanza degollada
el agrio aroma de sus asesinos.

martes, 30 de junio de 2026

Canto fúnebre (Herman Melville)


 








Arrojamos nuestros muertos al mar,
El insondable, insondable mar;
Cada burbuja un suspiro hueco,
Mientras se hunden por siempre jamás.
Arrojamos nuestros muertos al mar— 
No huelen a nada los muertos;
Arrojamos nuestros muertos al mar—
El mar nunca dedica a ello un pensamiento.
Húndete, húndete, oh cadáver, sigue hundiéndote,
Profundamente en el insondable mar,
Donde merodean las desconocidas formas
Abajo, abajo, en el insondable mar.
Arriba es de noche, y es de noche en todas partes,
Y la noche será contigo;
Mientras te hundes, y te hundes por siempre jamás
Cada vez más hondo en el insondable mar.


Dirge

We drop our dead in the sea,
The bottomless, bottomless sea;
Each bubble a hollow sigh,
As it sinks forever and aye.
We drop our dead in the sea,--
The dead reek not of aught;
We drop our dead in the sea,--
The sea ne'er gives it a thought.
Sink, sink, oh corpse, still sink,
Far down in the bottomless sea,
Where the unknown forms do prowl,
Down, down in the bottomless sea.
'Tis night above, and night all round,
And night will it be with thee;
As thou sinkest, and sinkest for aye,
Deeper down in the bottomless sea.


Traducción de Jonio González


miércoles, 3 de junio de 2026

Dos poemas (Jaime Sabines)


 











XIII

Eva ya no está. De un momento a otro dejó de hablar. Se quedó quieta y dura. En un principio pensé que dormía. Más tarde la toqué y no tenía calor. La moví, le hablé. La dejé allí tirada.
Pasaron varios días y no se levantó. Empezó a oler mal. Se estaba pudriendo como la fruta, y tenía moscas y hormigas. Estaba muy fea.
La arrastré afuera y le puse bastante paja encima. Diariamente iba a ver como estaba. Hasta que me cansé y la llevé más lejos. Nunca volvió a hablar. Era como una rama seca.
No sirve para nada, no hace nada. Poco a poco se la come la tierra. Allí está.
Se la come el sol, no me gusta. No se levanta, no habla, no retoña.
Yo la he estado mirando. Es inútil. Cada vez es menos, pesa menos, se acaba.


Adán y Eva, 1952.

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En medio de los remolinos, Tarumba,
quisiera escribir mi testamento:
te dejo a ti la virtud que no tengo,
a ti mi cabellera, a ti mi primer libro,
a ti mis uñas.
Estoy tan definitivamente ahíto,
tan envenenado, tan podrido,
tan cayéndome en costras,
que no quiero ya un pedazo de esta vida feliz
ni un trozo de eternidad para roer.
En medio de estos remolinos otra vez,
sacudido de cóleras inútiles,
hundido en el estiércol inefable,
minuciosamente asesinado,
me acuesto a las seis de la tarde pensando en las horas que vienen.
Oigo una gota, tomo un trago,
pienso en el cadáver que haría,
me estiro.
¿Qué testamento escribiré algún día?
No te dejo nada.
Te dejo nada más mi entierro.

Tarumba, 1956.


Ambos poemas tomados de Antología de Jaime Sabines, Periolibros, Unesco y CFE, suplemento de Página/12, septiembre de 1995.

martes, 26 de mayo de 2026

Refugiados (Alejandro Michel)


 










En Europa les permiten ahogarse en el Mediterráneo,
preferentemente al atardecer,
cuando los tiburones están de cacería.
A los que sobreviven
los ponen en campos de concentración,
no de exterminio (no hay cámaras de gas
ni hornos crematorios en esos campos:
las carpas podrían incendiarse,
el fuego podría llegar a las ciudades).
  
Cantan en las tabernas de Europa:
  
Camaradas, hemos superado el nazismo.
Camaradas, que el frío, la lluvia, el calor
y las enfermedades les den su merecido.
Esta es la tierra de nuestros ancestros,
camaradas, defendámosla de los invasores,
seamos valientes, pidamos más cerveza.
  
 En Sudamérica, adonde llegan por aire o tierra,
 les permiten vender chucherías por las calles
 o trabajar en negro, ya que son negros.
 Cuando protestan o se resisten a la autoridad,
 los muelen a patadas y palazos,
  a veces frente al mar,
 a veces en un callejón sin salida.
  
 Cantan en las tabernas de Sudamérica:
  
Compañeros, hemos superado la esclavitud.
¿Para qué queremos esclavos ahora que somos libres?
Los esclavos quieren acostarse con nuestras mujeres.
Esta es la tierra de nuestros ancestros,
compañeros, defendámosla de los invasores,
seamos valientes, pidamos más cerveza.