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miércoles, 14 de enero de 2026

Epílogo (Francisca Aguirre)


 











¿Y qué pasa cuando un día te levantas y ves que todo ha desaparecido? Las cosas están en su sitio, pero no tienen existencia. Miras la cuchara y el plato y sabes que no sirven. Te acercas al balcón y el aire no te llega. Tal vez el mundo no ha sido más que una alucinación, o mejor todavía, un espejismo, puesto que lo que te rodea es el desierto. Miras, qué vas a hacer sino mirar. El cansancio te ha convertido en una fiera muda. Pero eres una fiera pacífica, domesticada por algo que debió formar parte de lo que se ha ido. Y con todo ello ha debido marcharse también algo de ti. Algo que ni siquiera echas de menos, porque el cansancio te ha horadado y ya solo ocupan tu ser los agujeros.
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Miras en torno tuyo los enseres y sospechas que en un tiempo fueron tal vez tu reino. ¿Tu patria fueron estas desahuciadas materias? Los opacos cojines, los muebles deslustrados, el tiempo apacentándose entre manteles y cortinas.
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Una lluvia desapacible te pega el pelo sobre el rostro. Arrastrando los pies llegas a la ventana; tal vez si consigues abrirla el agua fluirá hacia afuera. Per te quedas con el rostro pegado a los cristales. Hoy todo está vacío, las ventanas no dan a ningún sitio. Cúbrete la cabeza con cualquier harapo y espera, espera entre tus pertenencias: la noche está cayendo y es posible que mañana las cosas vuelvan a su antigua historia y este páramo desolado sea, alguna vez, tu tierra prometida.