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martes, 15 de marzo de 2022

El herido (Miguel Hernández)

 


















                        Para el muro de un hospital de sangre

I

Por los campos luchados se extienden los heridos.
Y de aquella extensión de cuerpos luchadores
salta un trigal de chorros calientes, extendidos
en roncos surtidores.

La sangre llueve siempre boca arriba, hacia el cielo.
Y las heridas suenan, igual que caracolas,
cuando hay en las heridas celeridad de vuelo,
esencia de las olas.

La sangre huele a mar, sabe a mar y a bodega.
La bodega del mar, del vino bravo, estalla
allí donde el herido palpitante se anega,
y florece, y se halla.

Herido estoy, miradme: necesito más vidas.
La que contengo es poca para el gran cometido
de sangre que quisiera perder por las heridas.
Decid quién no fue herido.

Mi vida es una herida de juventud dichosa.
¡Ay de quien no esté herido, de quien jamás se siente
herido por la vida, ni en la vida reposa
herido alegremente!

Si hasta a los hospitales se va con alegría,
se convierten en huertos de heridas entreabiertas,
de adelfos florecidos ante la cirugía.
de ensangrentadas puertas.

II

Para la libertad sangro, lucho, pervivo.
Para la libertad, mis ojos y mis manos,
como un árbol carnal, generoso y cautivo,
doy a los cirujanos.

Para la libertad siento más corazones
que arenas en mi pecho: dan espumas mis venas,
y entro en los hospitales, y entro en los algodones
como en las azucenas.

Para la libertad me desprendo a balazos
de los que han revolcado su estatua por el lodo.
Y me desprendo a golpes de mis pies, de mis brazos,
de mi casa, de todo.

Porque donde unas cuencas vacías amanezcan,
ella pondrá dos piedras de futura mirada
y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan
en la carne talada.

Retoñarán aladas de savia sin otoño
reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida.
Porque soy como el árbol talado, que retoño:
porque aún tengo la vida.


El hombre acecha, 1938-1939.

Tomado de Cancionero y romancero de ausencia, Ed. Losada, 5a edición, 1978.

martes, 13 de agosto de 2019

Menos tu vientre (Miguel Hernández)

Menos tu vientre, 
todo es confuso. 
Menos tu vientre, 
todo es futuro 
fugaz, pasado 
baldío, turbio. 
Menos tu vientre, 
todo es oculto. 
Menos tu vientre, 
todo inseguro, 
todo postrero, 
polvo sin mundo. 
Menos tu vientre, 
todo es oscuro. 
Menos tu vientre 
claro y profundo.


      Lo publico, además de por su valor literario, por el valor de su autor. En parte, en homenaje a los que perdieron, en cualquier lado, en todos los lugares del mundo, por sus ideas, por sus impotencias, por luchar contra lo que era demasiado para ellos.
     O lo publico, simplemente, en homenaje a todos los que no pudieron por lo que fuera, como yo.


https://www.poesi.as/mh38b063.htm



https://youtu.be/tZi1Rkw4t3Y

miércoles, 5 de julio de 2017

García Lorca (Sergio Beleiro)

Hace un tiempo escuché que Federico García Lorca fue fusilado por poeta, puto y republicano.
             Posiblemente fue traicionado; fue asesinado y desaparecido.
En todos lados se cuecen habas y aunque la humanidad progresa, la humanidad siempre es escasa.
Se puede llegar a su obra por el interés que despierta su historia o su leyenda, o por algunas canciones que llevan sus palabras y no está mal.
La cuestión es darse cuenta de la importancia de su obra más allá de su desgracia de asesinado o de lo que se dice de él.
Se puede llegar a sus escritos por cualquier lado, pero hay que meterse en sus palabras.
Lo mismo corre para el que llega a Miguel Hernández por las canciones de Serrat o a otros poetas a través de Paco Ibáñez o a Rafael Alberti a través de Attaque 77.
            De manera parecida, aunque a veces sea complicado, no habría que negarse a otras obras por la malhadada historia de sus creadores. No podemos negarnos a los cuentos o poemas de Borges por sus opiniones políticas conservadoras o retrógradas, ni a “Viaje al fin de la noche” por haber sido Céline racista o colaboracionista (aunque también pacifista).
El asunto es que más allá de los errores y aciertos, de las vidas más o menos complicadas, de los finales felices o terribles de los autores a los que nos asomamos, sus obras son concretas, están ahí. Si se perdieran las identidades de quienes las crearon pero nos quedaran esos libros, las palabras serían las mismas. Podríamos leerlas y releerlas y, tal vez, puestos a divagar, hasta inventarles un autor con una vida completamente distinta a la real, una vida fantástica que tampoco podríamos imaginar cabalmente hasta el último detalle.