miércoles, 14 de julio de 2021

resentido (sergio beleiro)

estoy allá 
desnudo y afuera
nunca me viste tan descalzo
tan así
tan gris y como siempre
nunca me viste
nunca / y ahora
sentado sobre una tumba cualquiera
viendo el mundo sin los ojos
mientras mis cenizas se pierden
arrastradas por este viento inmundo
no quedará una imagen mía en tu recuerdo
ni una foto de cumpleaños o de invierno
conmigo cubierto hasta los dientes entero
no importa
es justo
ahora 
tampoco te veo
y el recuerdo se cubre de tristezas
también de cuentas no saldadas
de desencantos
ahora apenas te recuerdo de costado
pero estoy muerto
te recuerdo de costado como te vi siempre
pero no te veo
no tengo ojos
estoy descalzo pero no tengo pies
y como siempre estoy sin aliento /
pero no es esta desnudez larga y suelta
debajo de un árbol sin follaje en otoño
sobre una tumba sin nombre
la que me suelta la lengua que no tengo
es la luna el sol el aire el silencio
es el labio de la muerte
la lengua de lo inevitable y lo imposible /
lo raro, mujer, no es estar muerto 
sino mi persistente falta de aliento
aun cuando escapo muerto y disgregado 
en este inmundo viento que lo arrastra todo


Orejas (Fabio Morábito)


 







dos orejas: una para oír a los vivos
otra para oír a los muertos
las dos abiertas día y noche
las dos cerradas a nuestros sueños

para oír el silencio no te tapes las orejas
oirás la sangre que corre por tus venas
para oír el silencio aguza los oídos
escúchalo una vez y no vuelvas a oírlo
si te tapas la oreja izquierda oirás el infierno
si te tapas la derecha oirás... no te digo
había una tercera oreja pero no cabía en la cara
la ocultamos en el pecho y comenzó a latir
está rodeada de oscuridad
es la única oreja que el aire no engaña
es la oreja que nos salva de ser sordos
cuando allá arriba nos fallan las orejas


sábado, 10 de julio de 2021

Casa vacía (Sergio Beleiro)

 

Volvió a su casa.

Al entrar, como siempre, el vacío.

La casa estaba vacía aun con él adentro.

Era una sensación que no se podía sacar de encima.

Era una certeza.

Era una casa vacía y que él viviera ahí no cambiaba nada.

No se sorprendió al entrar en la cocina y ver al pelado del otro lado de la mesa.

No pudo ver sus manos, pero el pelado siempre tenía las manos en los bolsillos.

― ¡Cuánto tiempo!

― Mucho, Esteban ― contestó el pelado.

Siempre llevaba las manos en los bolsillos de la campera, la derecha con el índice en el gatillo de un arma que rara vez tenía el seguro puesto.

― No te esperaba.

― Mal hecho. Sabías que iba a venir.

Llevaba como siempre uno de sus largos camperones con esos bolsillos mágicos donde cabía no solo una pistola sino también la mano en el gatillo.

Esteban ya no tomaba precauciones. Había dejado de mirar por encima del hombro y al doblar la esquina ya no se paraba frente a una vidriera esperando ver si alguien sospechoso doblaba detrás de él.

Se había cansado o había decidido que no valía la pena perder tiempo en algo que no podía controlar.

― ¿Cómo anda la gente?

― Como siempre, unos vienen otros se van.

― ¿Querés un té?

― No, no me gusta la marca que tomás.

El pelado siempre tomaba té, no le gustaba el mate o lo asqueaba el paso de la bombilla por la boca de la gente. Tampoco le gustaba el alcohol.

Una vez lo había visto sacar, como un mago, la pistola del bolsillo, con una velocidad inverosímil y otra disparar directamente desde el bolsillo con acertada puntería.

A Esteban no le cabía duda que el pelado había llegado con tiempo, tal vez un rato después de que él saliera de la casa para ir a trabajar, que lo había inspeccionado todo, confiscado lo que correspondía para después ponerse a esperar.

Era un profesional, pero eso era un aditamento, algo aprendido y ejercitado en el transcurso de los años pacientemente. Lo importante, lo que lo hacía más eficiente, era su frialdad natural. Había nacido con ella, como si tuviera sangre de serpiente. Le agregaba al oficio y la frialdad unos ojos perfectamente lubricados que casi no necesitaban pestañear.

El pelado no solo tenía en su mano derecha su propia arma, también tenía en la zurda la que había encontrado en el cajón de los cubiertos.

No recordaba su nombre, siempre fue el pelado, che o che pelado.

― Si querés tomar algo hacelo, sabés a lo que vengo... pasó mucho tiempo, un poco más no importa.

― Sí… tardaste. Por eso no te esperé más.

― Ya te dije, mal hecho. Igual no iba a cambiar mucho.

Aún con dos personas en la cocina la casa le parecía vacía.

Sabiendo lo que iba a pasar, resignado, su mente buscaba una salida, una salida en una casa vacía donde nada podía interferir, pero donde quisiera tener la posibilidad de gambetear al destino.

Hacer el té para ganar tiempo, ir a la heladera por una gaseosa... no le iba a poder tirar ni el té caliente ni un cuchillo ni una botella. El pelado le dispararía aunque fuera simplemente por las dudas.

Ahora estaba jugando, hacía gala de su personaje, de su victoria, tan callado como otras veces. En realidad era la victoria de otro, el que pagaba sus servicios. Sabía lo que hacía, llevaba la delantera y nunca había tenido nada que perder. Tampoco lo tenía ahora. Este rato de suficiencia, obtener lo que buscaba, ganar, lo satisfacía más que la paga y de la paga, esta vez, ya no estaba tan seguro, había pasado mucho tiempo.

Cualquiera de los dos si se vieran con perspectiva se imaginarían a sí mismos como unos gangsters de película, salvo que no usaban sombreros ni sobretodos y estaban en una Avellaneda alejada del tiempo de Ruggierito, en un Gerli dividido por cuestiones de otro tiempo. Malangas hay en todas partes y siempre.

El pelado no imaginaba nada, ni pensaba, tenía todo cocinado, hasta un arrebato final del gastado Esteban.

Esteban no encontraba ni el cómo ni el por dónde. Era el resignado que no se quería resignar.

Vio o imaginó un parpadeo y se lanzó sobre la mesa o se lanzó sobre la mesa provocando un parpadeo y el dedo del pelado gatillando un disparo a través de la campera y de la mesa enclenque que cedía ante su propio peso y su propia carne cuando llegaba a tomarlo de la cabeza y la hacía girar cuando el pelado volvía a disparar ahora a cualquier lado casi al mismo tiempo en que terminaba con el cuello roto.

Tal vez el salto, ese deslizamiento sobre la mesa que cedía en el retorcerse de su cuerpo por el disparo, en el intento del pelado por sacar las manos de los bolsillos, lo llevó a romperle el cuello y no a hacerle dar su nuca calva contra la pared, terminando por evitar una última lucha o forcejeo.

Demasiado rápido y demasiado loco como para que saliera bien, y también para poder contar el cuento, pero en Gerli todo podía pasar, hasta apaciblemente, y no se le ocurriría contarle el cuento a nadie.

El pelado estaba muerto con el cuello roto.

Esteban respiraba, agitado, todavía reteniendo la cabeza del vencido, en el suelo, la mesa rota, las sillas caídas, formando todo una especie de barricada que impedía el paso a ningún lado.

Sangraba por un costado, pero no tanto. Le dolía mucho, se tocó, podía haber sacado una costilla rota, pero eran solo carne y grasa perforadas. Estaba vivo.

Trató de recomponerse del desastre.

No escuchó sirenas ni ruidos en la calle. Fueron dos disparos y en Gerli todo podía pasar, como podía pasar que nadie se diera cuenta de nada o llegaran los bomberos a una casa equivocada. Un par de vecinas habían asomado sus narices a la calle, pero como en la calle no había pasado nada volvieron a sus cosas.

Se dedicó por un rato a limpiarse la herida y a vendarse. Le iba a doler bastante por bastante tiempo.

Desestimó el té y la gaseosa, bebió un vaso de agua de la canilla y buscó el ron.

Tenía unas cuantas cosas para pensar, otras para arreglar y precauciones que tomar, aunque ya estaba podrido de todo eso.

Su estupidez casi lo había matado y la misma estupidez lo había salvado y le había dado algo de tiempo, tal vez mucho más que el que esperaba o se merecía, tal vez muy poco.

No sabía si valía la pena, estaba tan vacío como la casa en la que vivía o el muerto tirado en el piso con armas en los dos bolsillos de la campera agujereada.



viernes, 25 de junio de 2021

Poética (Heberto Padilla)


 ´










Di la verdad.
Di, al menos, tu verdad.
Y después
deja que cualquier cosa ocurra:
que te rompan la página querida,
que te tumben a pedradas la puerta,
que la gente
se amontone delante de tu cuerpo
como si fueras
un prodigio o un muerto.


Tomado de Fuera del juego,  Aditor publicaciones, Argentina, 1969.

miércoles, 23 de junio de 2021

La mano que firmó el papel (Dylan Thomas)


 









La mano que firmó el papel derribó una ciudad;
cinco dedos soberanos tasaron el aliento,
duplicaron el globo de los muertos y dividieron un país;
estos cinco reyes dieron la muerte a un rey.

La mano poderosa lleva a un hombro inclinado,
los nudillos se crispan en la tiza;
una pluma de ganso puso final al crimen
que había puesto fin a la palabra.

La mano que firmó ese pacto engendró fiebre,
y creció el hambre y vino la langosta;
grande es la mano que domina al hombre
tan sólo con un nombre borroneado.

Los cinco reyes cuentan los muertos, pero no mitigan
la herida en su costra ni acarician la frente;
una mano rige la piedad como otra rige el cielo;
las manos no tienen lágrimas que derramar.


Traducción de Elizabeth Azcona Cranwell
Poemas completos, Editorial Corregidor




La mano que firmó el papel derribó una ciudad;
Cinco dedos soberanos tasaron el aliento,
Duplicaron el globo de la muerte y partieron en dos un país;
Estos cinco dedos le dieron un rey a la muerte.
La poderosa mano guía a un hombro inclinado,
Los nudillos están entumecidos con la tiza;
Una pluma de ganso ha puesto fin al crimen
Que puso fin a la conversación
La mano que firmó el tratado engendró una plaga,
Y creció la hambruna y llegaron las langostas;
Grande es la mano que posee dominio sobre
El hombre mediante un nombre garabateado.
Los cinco reyes cuentan los muertos pero no mitigan
La herida encostrada ni acarician la frente;
Una mano gobierna la piedad como una mano gobierna el cielo;
Las manos no tienen lágrimas para verter.




Aquella mano que firmó el papel
Derribó una ciudad; los cinco dedos
Soberanos tasaron el aliento,
Redoblaron el número de muertos
Y dividieron a un país - los cinco

Reyes que coronaron a la muerte.

La mano poderosa
Lleva a un hombro caído,
Al yeso que agarrota
Las articulaciones de los dedos;
Una pluma de ganso puso término
Al estrago que dio término al diálogo.

Aquella mano que firmó el tratado
Trajo la fiebre, el hambre y las langostas;
Grande es la mano que domina al hombre
Tan sólo con garabatear un nombre.

Los cinco reyes pueden contar muertos
Pero no saben suavizar la herida
Encostrada, no saben dar consuelo
A una frente; es regida la piedad
Por una mano, y otra rige el cielo;
Las manos nunca derramaron lágrimas.


Versión Pablo Anadón.




La mano que firmó el papel derribó una ciudad;
Cinco dedos soberanos tasaron el aliento,
Duplicaron el mundo de muertos, dividieron un país;
Estos cinco reyes condujeron a un rey hacia la muerte.

La poderosa mano lleva a un hombro caído,
El yeso oprime sus articulaciones;
Una pluma de ganso ha puesto fin a un asesinato
Lo que acaba con la conversación.

La mano que firmó el tratado engendró fiebre,
Y creció el hambre, y vino la langosta;
Grande es la mano que sostiene el dominio sobre
El hombre por un nombre pintarrajeado.

Los cinco reyes cuentan los muertos mas no calman
La herida encostrada, ni acarician la frente;
Una mano gobierna la piedad, otra mano el cielo;
Ninguna tiene lágrimas para derramar.

Armonización de Thomas F. Anderson




La mano que firmó el papel derribó una ciudad;
cinco dedos soberanos el aliento tasaron,
doblaron el globo de muertos y seccionaron un país;
estos cinco reyes la muerte de un rey causaron.

La poderosa mano lleva a un hombre caído,
el yeso agarrota sus articulaciones;
una pluma de ganso puso fin a la muerte
que había puesto fin a las conversaciones.

La manoque firmó el tratado engendró fiebre,
y creció el hambre, y vino la langosta;
grande es la mano que domina al hombre
tan sólo por haber garabateado su nombre.

Los cinco reyes cuentan los muertos más no calman
la herida encostrada ni acarician la frente;
una mano gobierna la piedad como otra el cielo;
lágrimas por derramar, ninguna mano tiene.

Traducción de Esteban Pujals.


The hand that signed the paper
The hand that signed the paper felled a city;
Five sovereign fingers taxed the breath,
Doubled the globe of dead and halved a country;

These five kings did a king to death.
The mighty hand leads to a sloping shoulder,
The finger joints are cramped with chalk;
A goose's quill has put an end to murder

That put an end to talk.
The hand that signed the treaty bred a fever,
And famine grew, and locusts came;
Great is the hand that holds dominion over

Man by a scribbled name.
The five kings count the dead but do not soften
The crusted wound nor stroke the brow;
A hand rules pity as a hand rules heaven;
Hands have no tears to flow.








lunes, 14 de junio de 2021

Poeta cabeza dura (William Carlos Williams)


 









Todo lo que hago
todo lo que escribo
me aleja
de la gente que quiero

Si es bueno
se desconciertan
si es malo
se avergüenzan

Arriesgando
el amor que me profesan
camino descalzo
por arenas movedizas


Traducción: Ezequiel Zaidenwerg.




POETA CON CABEZA DE CERDO

Todo lo que hago
todo lo que escribo
me aleja
de quienes quiero

Si es bueno
quedan confundidos
si es malo
avergonzados

Corro un riesgo enorme
hacia el amor que me tienen
camino descalzo
por arenas movedizas


Traducción de Luis Marigómez.
















https://biblioklept.org/2019/02/20/pigheaded-poet-william-carlos-williams/

miércoles, 9 de junio de 2021

Y empeñados en proteger los bosques...(Ryszard Kapuscinski)
















Y empeñados en proteger los bosques
olvidamos
que
mientras quede siquiera un árbol
sobre la superficie de la tierra
la gente morirá asesinada con palos de madera


Epígrafe de un poema de Yenni Leon en: