se confeccionó una vida pulcramente ni más ni menos que lo necesario una que otra mujer en los feriados diariamente la soledad sin ese nombre hasta que una mañana desde la azotea de su casa descubrió el itinerario de los pájaros De Fe de erratas y otras consideraciones, Editorial Losada, 1967.
"Tres tristes tigres tragaban trigo en un trigal en tres tristes trastos.
En tres tristes trastos, tragaban trigo en un trigal, tres tristes tigres."
(Trabalenguas)
Los tres tristes tigres, en realidad, se comían a Bambi.
Estás en mí, bella oscuridad, cuando la noche estira el látigo de su lengua y los objetos pierden el peso de su nombre y todo cambia de sitio en el corazón. Es el capricho de Dios o los sentidos torpes del hombre. Es esta habitación en los huesos que me mira desde el túnel último de su sangre, somos tú y yo, poesía, misterio, mar en el festín de la carne, percha líquida donde los náufragos conversan acerca de su muerte en las películas. Estás en mí ala de murciélago chiquito, pluma de cuervo nupcial, enfermedad grave en las alturas del amor, mientras yo camino sin rumbo sobre la tierra de este papel sin sexo, sobre este desierto de mujeres difíciles que escribieron poemas antes de nacer, cuando solo eran sombras femeninas, un pubis lejano dentro del ámbar de una madre. Estás en mí, cántico lúgubre, animal frenético en los círculos del fuego, tierra escupiendo cadáveres, colchón sucio donde acaba de parir el maleficio de un relámpago. Estás en mí, puñal de Agamenón, actriz trágica de telenovela, fantasma dulce que lame mis penas cuando la tormenta se abre paso en el vientre de un vaso de leche. Estás ahí, muerte anunciada, capítulo de flores marchitas que navega por las aguas gramaticales de mi sangre y luego huye hacia el fragor de las discotecas. Dance / Dance (me dice la luna) Pero la luna es una mujer repleta de heridas en sus balcones, una mujer que debe maquillar el miedo a cada instante y darle la espalda a las lentejuelas y a la luz de los barbitúricos. Pero la luna es un gigante microscópico que nos mira cometer un crimen mientras ella se afeita un hijo muerto, mientras ella lucha contra los sonidos del mal, contra la música demente de los supermercados, contra la avaricia solitaria del presidente de los Estados Unidos, contra el continente negro haciéndose blanco, haciéndose tienda de los chinos, haciéndose centro comercial o club de alterne. Estás en mí, hermosa tiniebla, prima muerta en el bosque de abril, padre muerto en el whisky de las horas, tía muerta en un zapatito de cristal eléctrico. Y todo sigue su camino en la noche. Todo vaga de la tiniebla al ojo de una anciana que ve el mundo borroso y no se orienta en el paisaje sentimental de su cuerpo, una anciana que acaba de cumplir noventa años de vida inhumana y por primera vez puede leer las facturas y una carta de amor. Tomado del blog de la escritora: https://angelicamorales.wordpress.com
La familia sólo coincide en bodas o entierros,
los parientes se reparten estrechos abrazos,
retoman una conversación nunca concluida:
las mismas preguntas, las mismas respuestas;
como si el domingo hubieran compartido la mesa
o el miércoles se prestaran el hilo dental.
Nos hemos convertido en una tribu aburrida
que se escandaliza cuando alguno
decide ser alpinista o bailarina de cabaret.
Pero siempre tenemos presente a nuestros muertos,
aquellos que no harán las mismas preguntas, quizá
porque no tendremos que dar las mismas respuestas.
Por todos los que crecimos juntos y jugábamos en las calles del barrio
por los que nos conocimos en la escuela y siempre estábamos castigados por aquellas mañanas plomizas con los libros bajo el brazo por los que me respetaron cuando no sabía nada por todos los que nunca me pegaron por aquellos para quienes toqué mis primeras notas en un piano
Por los que estábamos juntos cuando fumé mi primer petardo por los que nos hicimos juntos la primera señal en el brazo por aquella nena morena que un día se enamoró de mí por mi viejo y mi vieja que otro día se separaron por aquellos a quienes engañé y supieron perdonarlo por todos los hijos del sol escondidos en los subterráneos
Por la música que sonaba en las noches de verano por Jimi, por Jim y por Brian por mi añorado Agus Por Iggy, por Bob y por Lou por Mena, Porras y Marcos por Pablo cantando “Gloria” en el casete de mi cuarto ¡Réquiem! ¡Réquiem ad infinitum! ¡Venid y arrodillaos, hermanos!
Venid con vuestras cucharas venid con vuestros ríos de sangre en los brazos venid y beberemos juntos y cantaremos los viejos salmos
Por las piedras que tiramos contra aquellos policías grises por los colegas que acabaron con la piel azul, escondidos en un tigre por las canciones que cantábamos y las guitarras con que las tocábamos por los años en que creíamos que nosotros éramos los amos por todos los niños vestidos de negro esperando en una esquina por todas las botellitas vacías de jarabe de codeína
Por las navajas que pusieron en mi cuello y las pistolas que apretaron contra mi estómago por la expresión ausente de tus vacíos ojos fugitivos por todos los morenos que lloran alrededor de la Gran Vía por todos los que vendimos polvo para buscarnos la vida por las habitaciones de oscuras pensiones donde desparramé mis huesos por todas las noches pasadas soñando tu cuerpo y tus apasionados besos
Por aquellos hospitales donde me encerraron en su día por todos mis locos compadres que siguen allí todavía por César y su Stratocaster por Cristina y sus cervezas por Juanjo y el Cucharilla por el figura de Miguelito por la minifalda de Jenny por el bardeo del Canijo por Dogo, el príncipe payo por todos los chicos del patio por Pablo cantando “Gloria” en el casete de mi cuarto
¡Réquiem! ¡Réquiem ad infinitum! ¡Venid y arrodillaos, hermanos! Venid con vuestras cucharas venid con vuestros ríos de sangre en los brazos venid y beberemos juntos y cantaremos los viejos salmos
El poema pertenece al libro Los planos de la demolición y fue tomado de: