miércoles, 23 de marzo de 2022

Marche un poema al mostrador (César Fernández Moreno)


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

viejo si me vieras ahora
estoy parado contra el mostrador
mis pantorrillas tensas me soportan
un rato cada una

vos te hubieras sentado en una mesa
tus hombros los hubiera soportado un respaldo
hubieras perdido tu mirada en la vereda de enfrente
qué fabulosa lejanía

yo he venido a quedar un poco más arriba
veo un poco más cerca
alcanzo a leer las letras de la vidriera
al revés

pero es lo mismo
la misma breve lucha con el paquetito de azúcar
el mismo sabor aceitoso del café suburbano

cambio propina por comentario sobre lluvia inminente
saco mi libretita con disimulo
para escribir este primer poema
al mostrador

pero el patrón me enciende una luz
solícitamente
y lo escribimos a medias
entre mi mano y su mirada
 
 
De Los aeropuertos, 1967.
Tomado de La poesía del cincuenta, Selección de Daniel Freidemberg, Centro Editor de América Latina, 1981.

Palabras (Baldomero Fernández Moreno)



 

 

 

 

 

 

 

 

 

Me borré el doctor
hace mucho tiempo.

Borré la inicial
de mi nombre feo.

No quiero ser nada
ni malo ni bueno.

Un pájaro pardo
perdido en el viento.
 
 
 

martes, 22 de marzo de 2022

Salmo 43 (Ernesto Cardenal)


 









Con nuestros oídos lo oímos
nuestros padres nos contaron la historia
lo que tú hiciste con ellos
          en los tiempos antiguos
Tú diste victorias a Israel
porque no confiamos en nuestros armamentos
y los tanques no nos dieron la victoria.

Pero ahora nos has abandonado.
Has fortalecido sus sistemas de gobierno
has apoyado su régimen y su Partido.
Somos los desplazados
somos los refugiados que no tienen papeles
los confinados en los campos de concentración
condenados a trabajos forzados
condenados a las cámaras de gas
quemados en los crematorios
      y sus cenizas dispersadas.
Somos tu pueblo de Auschwitz
de Buchenwald
             de Belsen
de Dachau
Con nuestra piel hicieron pantallas de lámpara
y con nuestra grasa han hecho jabón.
Como ovejas al matadero
hiciste que nos llevaran a las cámaras de gas.
Nos hiciste deportar
Pusiste en baratillo a tu pueblo
                y no había comprador.
Íbamos como ganado
                                    hacinados en los vagones
a los campos alumbrados con reflectores y rodeados de alambradas
hacinados en los camiones a las cámaras de gas
donde entrábamos desnudos
           y allí cerraban las puertas y apagaban las luces
    Y NOS CUBRISTE DE SOMBRAS DE MUERTE.
No quedaron de nosotros sino montones de vestidos
montones de juguetes
   y montones de zapatos.
Si hubiéramos olvidado el nombre de nuestro Dios
y lo hubiéramos cambiado por otros Líderes
¿tú lo sabrías?
¿Tú que no necesitas de Servicio Secreto
porque conoces los secretos del corazón?
Todos los días nos pasaban lista
para oír los nombres de los que llevaban a los hornos.
Nos entregaban a la muerte todo el día
como ovejas destinadas al matadero.
Nos pusiste desnudos delante de los lanzallamas.
A tu pueblo lo han borrado del mapa
           y ya no está en la Geografía.
Andamos sin pasaporte de país en país
sin papeles de identificación.

Y tú eres ahora un Dios clandestino.
¿Por qué escondes tu rostro
olvidado de nuestra persecución y de nuestra opresión?
¡Despierta
y ayúdanos!
Por tu propio prestigio!



Tomado de Antología, Colección Nueva Nicaragua, Ed. Nueva América, Buenos Aires, 1986.

lunes, 21 de marzo de 2022

Bajo la lluvia ajena (Notas al pie de una derrota) XXV (Juan Gelman)


 











  Europa fue la cuna del capitalismo y al niño ese, en la cuna, lo alimentaron con oro y plata del Perú, de México, Bolivia. Millones de americanos tuvieron que morir para engordar al niño, que creció vigoroso, desarrolló lenguas, artes, ciencias, modos de amar y de vivir, más dimensiones de lo humano.
  ¿Quién dijo que la cultura no tiene olor?
  Paso por Roma, por París, bellísimas. En vía del Corso y Bulmish huelo de pronto a taino devorado por perros andaluces, a orejas de ona mutilado, a azteca deshaciéndose en el lago de Tenochtitlán, a inquita roto en Potosí, a querandí, araucano, congo, carabalí, esclavizados, masacrados.
  No olés a viejo, Europa.
  Olés a doble humanidad, la que asesina, la que es asesinada.
  Pasaron siglos y la belleza de los vencidos pudre tu frente todavía.
 
                              
                                                                                         roma/ 14-9-80


Tomado de Interupciones II, Libros de Tierra Firme, Buenos Aires, 1986.

martes, 15 de marzo de 2022

El herido (Miguel Hernández)

 


















                        Para el muro de un hospital de sangre

I

Por los campos luchados se extienden los heridos.
Y de aquella extensión de cuerpos luchadores
salta un trigal de chorros calientes, extendidos
en roncos surtidores.

La sangre llueve siempre boca arriba, hacia el cielo.
Y las heridas suenan, igual que caracolas,
cuando hay en las heridas celeridad de vuelo,
esencia de las olas.

La sangre huele a mar, sabe a mar y a bodega.
La bodega del mar, del vino bravo, estalla
allí donde el herido palpitante se anega,
y florece, y se halla.

Herido estoy, miradme: necesito más vidas.
La que contengo es poca para el gran cometido
de sangre que quisiera perder por las heridas.
Decid quién no fue herido.

Mi vida es una herida de juventud dichosa.
¡Ay de quien no esté herido, de quien jamás se siente
herido por la vida, ni en la vida reposa
herido alegremente!

Si hasta a los hospitales se va con alegría,
se convierten en huertos de heridas entreabiertas,
de adelfos florecidos ante la cirugía.
de ensangrentadas puertas.

II

Para la libertad sangro, lucho, pervivo.
Para la libertad, mis ojos y mis manos,
como un árbol carnal, generoso y cautivo,
doy a los cirujanos.

Para la libertad siento más corazones
que arenas en mi pecho: dan espumas mis venas,
y entro en los hospitales, y entro en los algodones
como en las azucenas.

Para la libertad me desprendo a balazos
de los que han revolcado su estatua por el lodo.
Y me desprendo a golpes de mis pies, de mis brazos,
de mi casa, de todo.

Porque donde unas cuencas vacías amanezcan,
ella pondrá dos piedras de futura mirada
y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan
en la carne talada.

Retoñarán aladas de savia sin otoño
reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida.
Porque soy como el árbol talado, que retoño:
porque aún tengo la vida.


El hombre acecha, 1938-1939.

Tomado de Cancionero y romancero de ausencia, Ed. Losada, 5a edición, 1978.

martes, 1 de marzo de 2022

Un hombre y su sombra (Nanne Timmer)


 












 

                                                  Para G.I.

 
A su clase se puede entrar con pistola, con ganas
de suicidio o enseñando las piernas. Todo eso, poco es.
A su clase se puede entrar con pucho, vino malo o
peste a noche anterior. Todo eso, lo mismo da.
Aun si fuera con mugre en los pies descalzos y las manos
sucias, comiendo frutabomba. No que eso pase en los países
de las universidades asillonadas. Pero poder, se podría, eso sí.
El profe se lo permite todo al estudiante, menos
que no sepa volar. Regla número uno en clase del hombre
de la sombra. Allí va él, en busca de la Ciudad Oculta,
los laberintos de los mataderos de las salas del Witte Singel,
que demasiado blancas aparentan ser.
Weniger Licht! Exclama, quiere ver, y así flirtea
con su propia sombra. Su sombra se ríe de él, y él
se ríe de su sombra. No que esto le sea angustioso,
en el fondo se lo pasa bien. Y cuando uno
menos se lo espera, tirachinea a los que le rodean
en plena luz. Nada de otro mundo: un pequeño gesto
de agresión contra lo intangible e inocente.
Así dos pájaros de un tiro: matar el aburrimiento con juego de tirachinas,
y lanzar el aullido como anuncio del apocalipsis. Le ronca la luz, le ronca.
Le ronca el día y la peca ingenua, le ronca.
A lo lejos se le sale un viejo anhelo a comunidad perdida,
llama, grita, llama otra vez. Busca
una mirada conjunta,
una voz hermana,
una desde abajo,
desde la noche que se cree la más oscura.
Sin mucha esperanza prueba a ver si hay respuesta.
Silencio, y después
se queda solo, confirmado
en sus ideas del statu quo del apocalipsis que ya fue.
Nada nuevo: relamiéndose los jugos de la carne, masticando
huesos y escupiendo dientes, el profesor perro del desierto.
Pero hay días en que ocurre distinto: en que luz y sombra
se ponen de acuerdo para dejar ver, dejar hablar, dejar entender.
Cuando uno ve la sombra de la luz a la luz de la sombra.
Le ronca la amistad, dice, y se ríe. La inevitable y generosa compañía
de los solitarios perros del desierto, aunque al profesor le ronque.
Un acontecimiento que uno sólo puede ver a la luz de la noche,
como si de un soneto del acantilado se tratase: la amistad.


 

jueves, 24 de febrero de 2022

Tetis (Carol Ann Duffy)



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Me encogí
hasta el tamaño de un ave en la mano
de un varón humano.
Dulce, muy dulce era el canto
que había cantado
hasta que sentí el estrujón.

Y esto hice a continuación:
me monté en la cruz de un albatros
y ascendí la montaña del cielo.
¿Por qué? Para seguir un barco en mi vuelo.
Pero una saeta acertada
con un guiño me cortó las alas.

Así que fui a comprarme una forma adecuada.
Talle 8. Serpiente fue mi elección.
Gran equivocación.
Enroscada en la falda de mi encantador
sentí su puño estrangulador
cerrándome la garganta.

Después fui rugido, garra, zarpa pesada, s
elvática, carnívora, incivilizada,
media cebra ensangrentada
entre mis quijadas.
Pero el oro de mi mirada
vio la escopeta -calibre 12- que me apuntaba.

Me hundí en el suelo de la tierra
para nadar en el mar.
Sirena, yo misma, gran pez, anguila, delfín,
ballena, la cantante lírica de aguas.
Sobre las olas llegó el pescador
con su anzuelo y su línea y su plomada.

Cambié mi apariencia
a mapache, zorrino, armiño,
comadreja, hurón, rata, visón.
El taxidermista afiló sus cuchillos.
Olí el hedor del formol
con el que me iban a embalsamar.

Fui viento, fui gas,
fui por completo aire hirviente,
arrastrando nubes de cabellera.
Tracé mi nombre con un ciclón,
y de la nada, inesperadamente,
surgió el rugido de un avión bombardero.

Después mi lengua fue fuego
y quemaba con cada beso,
pero el novio vestía asbesto.
Así que cambié, aprendí,
me di vuelta como un guante —o eso
es lo que sentí—
cuando el niño salió de mí.
  

Traducción de Mirta Rosenberg y Lorea Canales en Diario de Poesía N°79.