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sábado, 30 de julio de 2016

acorralado (sergio beleiro)

va por la calle y se siente acorralado.
lo envuelve el gris del invierno, la ciudad, el cemento y su propia historia.
podría seguir o volver sobre su camino, intentar otras calles o un rumbo desconocido.
podría acelerar el paso, correr, decidir a la carrera hacia dónde o cuánto tiempo.
en realidad, lo que no quiere es pensar, lo que no quiere es ser ese gris que lo envuelve.
va por la calle, libre a simple vista para cualquiera, pero está acorralado.
mueve sus pies, sus piernas, como de alambrada a alambrada, levantando apenas el polvo, posiblemente resignado; pero no lo está, no es resignación, es la desnudez de la impotencia.
lo envuelve el gris del invierno, pero podría ser el mismo gris en verano, en un prado, frente al mar, aplastado por su historia siempre, sin necesidad de ver el reloj o las estrellas en la noche.

domingo, 3 de enero de 2016

cospel (sergio beleiro)

tal vez la vida me aguardaba después de colocar el cospel en la pequeña ranura.
no lo supe, no le atiné a esa línea oscura o mi moneda, el cospel o lo que fuera, consignaba en sí su propia falsedad y se negó a participar.
hoy, mirando atrás, las cosas pesan de otro modo y juzgando los hechos, tenía quince años, puedo ver, detrás del cristal de lo perdido, que todo consistió en la ausencia de mi audacia.
no había nada que pagar ni contraseñas que mostrar, era hacer nomás, actuar, saltar la barrera sin hacerle caso a la propia cobardía.

miércoles, 7 de octubre de 2015

esta tarde

   A veces la tarde se presenta con extrañas formas, con tonos imprecisos sus manos se deslizan sobre nuestros improvisados y viejos remiendos.
   
   Viejos remiendos como tapas mal zurcidas que cubren nuestros rotos y rasgados.

   Vendas extrañas que ocultan heridas y rasguños que esta tarde se empeña en hacernos recordar.

   Levantamos cada gasa para encontrar debajo, no tan inesperadamente, sangres aún sin coagular. En cada tajo, a veces un rostro sin nombre que se cruzó en nuestra vida hiriendo sin darse cuenta o un nombre, esta vez con rostro, que sin pretenderlo nos provocó el sueño sin sentido, una necesidad extrema fuera de todo protocolo y completamente imposible. 

   Hay heridas propias de nuestro más íntimo desastre, de nuestras imposibilidades, de nuestras viejas cobardías.

   Puñaladas profundas del prejuicio.

   Pero los amores muertos, nuestros amores no correspondidos, las chances del amor que nos perdimos, duelen triste y alevosamente. 

   No era necesaria esta tarde particular para saberlo porque no son recuerdos, son dolores que permanecen siempre tercos en un presente a duras penas tolerable y se rezuman cada día, en mayor o menor medida, por la tela improbable de nuestros parches desgraciados.