domingo, 25 de septiembre de 2016

Hamacándose (sergio beleiro)

      Piensa, mientras se hamaca tratando de no arrastrar los pies. 
      La plaza está distinta, es más chica, más allá de que siempre el tiempo con su paso y su propio paso, sus años, reducen los tamaños. 
      La plaza es más chica, tiene menos juegos; sobreviven estas hamacas, pero no cree que sean las mismas, aunque su mal estado parece afirmar lo contrario.
      Piensa. 
      Está triste. 
      Es una mina triste hamacándose en una plaza desierta, cuando el día apenas está naciendo, sin que nadie la vea.
      No la ve nadie.
      Es muy temprano y piensa.
      Se piensa.
      Se encara a sí misma con cierto enojo diluido y la tristeza vieja que lo va ahogando todo.
      -¡Cómo tiré la vida! - se dice, arrastrando los pies, que no quiere arrastrar, en la arena sucia mezclada con conchillas -.
       -¡Cómo tiré mi vida! ¿Cómo tiré mi vida?
       No lo sabe o lo sabe sin poder asumirlo.  No sabe en qué momento eligió el camino equivocado o no decidió y la vida se le empezó a ir de las manos y se puso a caminar por donde no llegaría a lo soñado, a lo pensado, a lo que incluso entonces intuía que no iba a lograr y, sin embargo, soñaba cada día con más ganas.
      El reloj biológico, la maternidad, no eran más que palabras, en esa época, no llegaban a ser preocupaciones. No lo fueron nunca. No encontrar o no saber buscar a alguien con quien compartir las cosas, los momentos comunes, la vida pequeña pero importante, siempre fue el problema.
      Tampoco sabe cuándo debió haber buscado ayuda por otro lado y no se dio cuenta; pero tiene una vaga idea, una idea vaga que treinta años después no sirve para nada. Sabe muchas cosas, muchas razones de su desperdicio y, también sabe, que ninguna sirve para justificar nada, mucho menos frente a sí misma.  
      Es una mujer vacía en extraño vaivén, en unas hamacas viejas, en un parque desierto, sin que nadie la vea o, por lo menos, sin que ella lo perciba.
      Una mujer sola que no le encuentra sentido a las cosas, sin darse cuenta de que nada tiene sentido o, que si lo tiene, ya no vale la pena encontrarlo y mucho menos buscarlo.
      Es una mujer, piensa, que no le importa a nadie. Realmente lo cree y arrastra los pies mientras se hamaca con la mirada perdida a lo lejos, muy lejos, con esa mirada que no se enfoca, que no hace centro en ningún punto, ni atrás ni adelante.  
      Una mujer sin hombre, pasado o presente, que se da cuenta de que nada va a cambiar, segura de haber desperdiciado sus años, de no haber aprovechado las pocas oportunidades por no tener la lucidez suficiente o el arrojo necesario; sabiendo que ese arrojo no hubiera sido tal, sino apenas el no quedarse en la duda y dar el paso que cualquiera hubiera dado, que poca gente deja de dar.
      Es, además, una mina rara que nunca arranca a llorar, aunque se imagina que llorar podría sacarle de encima parte de la mierda que lleva en su cabeza. Una mina que quisiera llorar, que tiene ganas de llorar y no puede.
      Está harta de pensar y no puede dejar de hacerlo, entonces piensa en morir pero no lo quiere pensar. ¡Morir…, dormir!  ¡Dormir!… ¡Tal vez soñar!  ¡Ya no quiere soñar!
      Clava los pies en la arena y se baja. Mira el tobogán en la otra esquina de la plaza y encara para el otro lado.  
     Más allá, la avenida y el camino a casa.

     Ya de vuelta, la casa destemplada, como lo fue la noche, le confirmará esa idea que siempre le da vueltas: Una casa sin gente siempre es fría.   

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