viernes, 16 de marzo de 2018

tres carajos (sergio beleiro)


                ― ¡Me importás tres carajos! 
    Se lo dijo mientras ella, a sus espaldas, revolvía vaya a saber qué que lo tenía sin cuidado.
                Se lo dijo y siguió mirando la televisión y bebiendo. Bebiendo al mismo ritmo que antes, sin girar ni una vez la cabeza ni darse vuelta.
                Permaneció así, mientras ella, sin decir nada, seguía moviéndose y manipulando cosas a sus espaldas.
                La pelea que estaba viendo era una mierda; dos perdedores con algún renombre que se creían más boxeadores que peleadores y no eran nada y nunca llegarían a nada.
                Dos perdedores como él, pero que no se daban por enterados, tal vez porque sabían que esa pelea de mierda estaba siendo televisada. Esa pelotudez de los cinco minutos o el cuarto de hora de fama o algo así.
                Abrió otra botella y pensó si no sería mejor comer algo antes de seguir bebiendo. No había comido nada desde la mañana y apenas salió del trabajo había empezado a beber, pero no tenía la menor  importancia, la pelea se terminaba y estaba muy cansado y quería irse a dormir y dormir sin parar hasta mañana a la tarde o más.
                El más alto erró un golpe con su derecha y el otro aprovechó para darle un puñetazo a lo bestia, justo, firme, en el hígado, que lo puso de rodillas para no volver a pararse.
                No había más y a él se le iba a terminar la noche porque ya no se aguantaba más despierto.
    Pero cuando contaban cuatro sintió un golpe en el cuello, por detrás.
                Ella le había tirado con un paquete de café ―supuso que sin intención sarcástica, seguro que era lo que tenía más a mano― apenas acertando el golpe, con las pocas fuerzas que tenía porque ya no tenía fuerzas ni para bancarse un buen polvo bajo su peso casi pesado y desvencijado.
                Cuando se dio vuelta, todavía sorprendido, ella le descerrajó la frase estúpida, tan estúpida como podía ser ella misma, para que hasta la vuelta de la esquina pudieran escucharla, ese “¡Viejo pelotudo! ¡La puta que te parió!”, que no dejaba de ser verdad, pero también encerraba cierta injusticia, la injusticia de no apreciar unas semanas mejor vividas que unos cuantos años, que muchos años. Y salió dando un portazo, con un bolso viejo medio abierto, que dejaba ver sus viejas y gastadas bombachas.
                Ese portazo  fue lo más duro y fuerte que hizo en su vida, en esta última vida que habían a medias compartido, por lo menos en estos meses y tal vez en los últimos veinte años, pensó, medio aturdido por el golpe, el final que no previó en el ring ni en la habitación y por la bebida que ya le hacía mella, que le pasaba una factura más alta de la que podría admitir.
                Entonces, se dijo entre dientes, con ganas de que lo oyera pero sin alzar la voz, aunque ya se había ido y sabía que no lo oiría porque se había ido para siempre, gracias a dios o al diablo: “La verdad es que me importás un carajo”, y se dejó estar, acurrucado en el sillón, olvidado hasta de sí mismo, esperando que la televisión pusiera la bandera y pasara el himno y se pudiera dormir de una vez por todas.




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